Declaración: VOTEMOS POR EL FRENTE DE IZQUIERDA Y DE LOS TRABAJADORES

VOTEMOS POR EL FRENTE DE IZQUIERDA Y DE LOS TRABAJADORES
Los abajo firmantes llamamos a votar al Frente de Izquierda y de los Trabajadores, conformado por el Partido Obrero, el Partido de los Trabajadores Socialistas e Izquierda Socialista, porque consideramos que la izquierda tiene que desarrollar una alternativa política propia de los trabajadores. Ello implica su independencia de cualquiera de los bloques capitalistas del gobierno kirchnerista o del peronismo opositor en sus diferentes variantes, así como de quienes quieren constituir nuevas versiones de la “Alianza”. Para esa perspectiva política, el desafío de esta elección es consagrar diputados de izquierda en el Congreso y las legislaturas.
Apoyamos al Frente de Izquierda porque plantea una salida a la presente crisis capitalista en términos de los intereses inmediatos e históricos de los trabajadores y de todos los explotados, y ha colocado a la lucha electoral al servicio de la conquista política de un programa propio por parte de los trabajadores. El Frente de izquierda es la expresión política del sindicalismo antiburocrático que enfrenta las persecuciones del gobierno y de la burocracia sindical, de las luchas contra el trabajo en negro y la precarización laboral, por la anulación del impuesto al salario y por el 82% móvil para los jubilados, contra la entrega “noventista” de recursos estratégicos a empresas imperialistas como Chevron, por la disolución de los “Proyecto X” y todos los aparatos de inteligencia que hacen espionaje e infiltración a las organizaciones populares, por el castigo a los asesinos de Mariano Ferreyra, a las luchas por la defensa de la educación pública, contra la destrucción de los servicios públicos que lleva a crímenes sociales como la masacre de Once, contra el desplazamiento de sus tierras y persecución de los Qom, contra la casta de políticos capitalistas (del gobierno y de la oposición) que se enriquecen a costa de los trabajadores, contra la opresión nacional por parte de las naciones imperialistas, los monopolios que destruyen el medio ambiente, y contra todos los agravios e injusticias que cotidianamente sufre nuestro pueblo trabajador. Una bancada del Frente de Izquierda será un gran punto de apoyo para desarrollar, por medio de una acción política sistemática, un programa y una organización propios de los explotados, así como denunciar y fortalecer la lucha en las calles contra los intentos de descargar los efectos de la crisis capitalista sobre los trabajadores y el pueblo pobre.
Por estas razones, los abajo firmantes, intelectuales, docentes, trabajadores de la educación, el arte y la cultura, llamamos a apoyar y a desarrollar al Frente de Izquierda, para que las banderas históricas de la izquierda y del socialismo se transformen en una alternativa política para millones de trabajadores.
Para enviar adhesiones escribir a: apoyoalfit2013@gmail.com

Firmas:
Eduardo Grüner (FFyL, FSOC-UBA)
Hernán Camarero (FFyL-UBA / CONICET)
Roberto Gargarella (UBA, UTDT)
Martín Kohan (UBA, UNPSJB)

Daniel Link (UBA/UNTREF)

Alejandro Schneider (FFyL, FSOC-UBA)
Fernando Aiziczon (UNC)
Diego Rojas (periodista)
Jorge Panesi (FFyL, UBA)
Santiago Gándara (FSOC-UBA)
Enrique Carpintero (psicoanalista, director de la revista Topía)
Alejandro Vainer (psicoanalista, revista Topía)
César Hazaki (psicoanalista, revista Topía)
Hernán Díaz (CBC-UBA)
Paula Varela (FSOC-UBA)
Néstor Horacio Correa (FSOC-UBA)
María Chaves (FSOC-UBA)
Diego Ceruso (FFyL-UBA)
Cecilia Feijoo (FSOC-UBA)
Pablo Anino (FSOC-UBA)
Alicia Rojo (FFyL-UBA)
Nicolás Cambón (FADU-UBA / AGD)
Santiago M. Roggerone (FSOC-UBA)
Axel Frydman (periodista)
Martín Cuyeu (artista plástico)
Gabriel Paissan (CRUB-UNCo / CONICET)
Juan Luis Hernández (docente FFyL – UBA)
Alberto Guilis (UPMPM)
Inés Izaguirre
Andrea Robles (CEIP León Trotsky)
Fernando Lendoiro
Jorge Lo Cascio
Esteban Mercatante (FCE-UBA)
Matías Maiello (FSOC-UBA)
Ariane Díaz (FFyL-UBA)
Demian Paredes (IPS Karl Marx)
Gabriela Lizst (CEIP León Trotsky)
Laura Meyer (FSOC-UBA)
Paula Bach (FCE-UBA)
Juan Duarte (PSICO-UBA)
María Sol Cheliz (FSOC-UBA) Evangelina Cappelletti (artista plástica)
Federico Marcos Serres (músico compositor, escritor, estudiante de sociología)
Flabián Nievas
Claudia Venturelli (FCSoc-UBA)
Federico Lindenboim, docente FSOC, UBA, investigador UBACYT.
Luis García Fanlo (UBA)
Eduardo Mileo (escritor)
Pablo Tapia.  IUNA (Artes Visuales) sede San Fernando
Pablo Romá (FaHCE-UNLP)
Paula Ferreyra, docente de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA
María Bruni (FSOC UBA)
Luis Bartheborde (FSOC-UBA)
Sol Bajar, docente de Introducción a los Estudios de Género (Psicología – UBA)
Marta Danieletto. Fsoc-UBA
Luis Mihovilcevic (Músico, docente Artística, MO, Signos del Topo)
Cecilia Heredia (psicóloga, Signos del Topo)
Osvaldo Cucagna (psicólogo UBA, Signos del Topo)
Pablo de Cruz (psicoanalista, poeta, docente, Signos del Topo)
Alberto a. Arias (poeta, editor, Signos del Topo)
Esteban Maito (FSOC-UBA)
Jose Castillo (Economista,UNICEN,FSOC),
Marcela Almeida (Doctora en Matemática, INDEC, FCEN),
Mercedes Petit (Escritora),
Miguel Lamas (Periodista),
Armando Aligia (Físico Nuclear, Centro Atómico Baroliche),
Rodolfo Sanchez (Físico, Investigador principal CONICET)
Diego Martinez (Sociólogo, FSOC),
Malena Lenta (Psicóloga, FPSICO-CONICET),
Cintia Rodrigo (Doctora en Ciencias Sociales, CONICET)
Cecilia Vasquez (Médica, FMED),
Mercedes Garcia Carrillo (FCEN),
Alejandro Ferrer (FIUBA),
Federico Lindenboim (Lic en Comunicación, FSOC IGG),
Juan Martín Barbas (Lic. en Ciencia Política, FSOC),
Mercedes De Mendieta (Lic. en Ciencia Política, FSOC),
Walter Barretos (Lic. En Ciencia Política, FSOC),
Nahuel Toledo (Arquitecto, FADU),
Cynthia Daiban (FSOC-UBA)
Natalia Rizzo (artista visual)
Cristian Henkel (FSOC, CBC-UBA)
Georgina Andrada (trabajadora social)
Esteban Salizzi (UBA-CONICET)
Mariela Cambiasso (UBA-CONICET)
Lidia Ozonas. Lic en historia U.N.Comahue.NQN.cap
Jimena Muñoz Ozonas Ceramista. Artistica e Industrial. NQN. cap
Hernán Cortiñas (docente y sociólogo)
Gladys Perri (CBC UBA / AGD – UBA / UNLu)
Mariana Maañon (FSOC, UBA)
Leandro Molinaro (Licenciado y Profesor de Historia, UBA)
Mangiantini, Martín (ESCCP – UBA)
Alejandro J.Román
Ariel Eidelman (FFyL-UBA)
Dra. Silvia moguilevsky (psiquiatra-psicoanalista)

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Ante el paro del 20 de noviembre

Los abajo firmantes apoyamos el llamado del Frente de Izquierda y de los Trabajadores a parar activamente el 20 de noviembre como inicio de un plan de lucha nacional y adherimos a su declaración.

Enviá tu adhesión a asambleaintelectualesfit@gmail.com

El Frente de Izquierda llama a parar activamente el 20, como inicio de un plan de lucha nacional

La CGT Moyano y CTA Micheli convocan a un paro general para el próximo 20 de noviembre. El Frente de Izquierda adhiere en forma decidida al paro, llama a parar y a asegurar el éxito de la huelga; a promover asambleas, plenarios y reuniones de activistas que resuelvan el paro, e impulsar piquetes en todo el país para garantizar su cumplimiento, tanto en los sindicatos que están adheridos a las centrales convocantes como a los que no.

La necesidad de un paro nacional activo como inicio de un verdadero plan de lucha de las organizaciones obreras está fuera de toda duda. Una inflación cercana al 30% anual devora el salario y las jubilaciones. A ello se suma la confiscación del impuesto al salario a millones de trabajadores, más allá del anuncio de la presidenta de que no se aplicará para el medio aguinaldo de fin de año. También la pérdida de las asignaciones familiares para gran parte de los trabajadores. La ley de ART -impulsada por el gobierno con el entusiasta apoyo de Macri y otros políticos patronales-, es otro golpe a los derechos de los trabajadores, a la medida de las exigencias de la Unión Industrial. Hay barrios sin luz y sin agua y se sigue viajando como ganado. Mientras tanto, la política oficial destina los recursos estatales al pago de la deuda externa y a subsidiar a las privatizadas.

El Frente de Izquierda llama a parar activamente con un claro programa obrero frente a la crisis nacional: por un salario igual a la canasta familiar (que hoy ronda los 7000 pesos) y su ajuste automático con la inflación; derogación del impuesto al salario y asignaciones familiares para todos; un plus de 4.000 pesos a fin de año para todos los trabajadores para paliar los aumentos de precios y el robo al salario con el impuesto; 82% móvil para los jubilados; abajo las ART del gobierno; contra el trabajo en negro y tercerizado y contra la criminalización de la protesta. En definitiva, contra el ajuste de Cristina Fernández que aplica junto al resto de los gobernadores. Lucha que debe estar ligada a la necesidad de pelear por un programa obrero y popular que dé salida a la crisis por izquierda, que incluya el no pago de la deuda externa; reestatización de todas las privatizadas bajo control y gestión de trabajadores y usuarios; nacionalización de la banca y del comercio exterior, entre otras medidas de fondo.

El paro nacional y el plan de lucha que necesita el pueblo trabajador es una oportunidad para que la clase obrera irrumpa en la crisis nacional con sus propios reclamos e intereses, que son contrarios tanto a los del gobierno K como a los de los políticos patronales como los Macri, Scioli, De la Sota, Binner, o de los Buzzi. Por eso es necesario luchar por un programa propio de los trabajadores, independiente de cualquier variante patronal.

La medida resuelta por la CGT-CTA carece de continuidad. Planteamos, por el contrario, que debe ser parte de un verdadero plan de lucha, hasta lograr todas las reivindicaciones planteadas.

Este 20N: ¡VAMOS AL PARO ACTIVO!

FRENTE DE IZQUIERDA Y DE LOS TRABAJADORES (PO – PTS – Izquierda Socialista)

Adhesiones

Eduardo Grüner (FFyL y FCSoc-UBA)

Hernán Camarero (FFyL y FCSoc-UBA)

Christian Castillo (FSOC-UBA)

Enrique Carpintero (psicoanalista)

José C. Villarruel (FFyL-UBA)

Daniel Link (FFyL-UBA)

Pablo Rieznik (FSOC-UBA)

José Castillo (Economista, docente FSOC-UBA y UNICEN)

César Hazaki (psicoanalista)

Alejandro Vainer (psicoanalista)

Laura Meyer (FCSoc-UBA)

Néstor Correa (FSOC-UBA)

Mercedes Petit (escritora, periodista)

Alicia Rojo (FFyL-UBA)

Fernando Aiziczon (UNC)

Gabriel Paissan – Físico (Conicet y UNCo)

Paula Varela (FCSoc-UBA y CONICET)

Diego Martinez (FSOC-UBA, CD AGD Sociales)

Mariano Merzbacher (FCEN-UBA)

Malena Lenta (Psicóloga, Docente FPsico,CONICET)

Andrea Robles (Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky)

Antonio Rosselló (FCE-UBA)

Armando Aligia (Físico Nuclear, Centro Atómico Bariloche)

Ariane Díaz (IPS Karl Marx)

Alberto A. Arias (poeta)

Ariel Eidelman (FfyL-UBA)

Federico Lindemboin (Lic en Comunicación Social, docente FSOC-UBA)

Julio Patricio Rovelli (editor-IPS Karl Marx)

Alejandro Ferrer (Docente FIUBA, CD AGD FIUBA)

Damián Melcer (FSOC-UBA)

Evangelina Cappelletti (artista plástica)

Cintia Garrido (Socióloga, docente UNGS y UNMDP)

Daniel Gaido (CONICET)

Daniel Duarte (FFyL-UBA)

Luis Bonomi (abogado DDHH-CeProDH)

Carlos Daniel Portalet (Historiador, docente FFYL)

Diego Bruno (FFyL-UBA)

Matías Maiello (FCSoc-UBA)

Eduardo Manzione (Historiador UBA)

Alejandra Glatzel (FSOC-UBA)

Eduardo Mileo (escritor)

Norberto Gomez (psicoanalista)

Pablo Anino (FCSoc-UBA)

Juan Martín Barbas (Lic en Ciencia Política UBA)

Guillermo Román (poeta)

Dionisio Cardozo (FADU-UBA)

Mercedes de Mendieta (Lic en Ciencia Política, UBA, docente FSOC-UBA)

Fernando Lendoiro (artista)

Ileana Celotto (Psico-UBA)

Edgardo Moyano (abogado DDHH-CeProDH)

Nahuel Toledo (Arquitecto, Docente FADU)

Hernán Scorofitz (Psico-UBA)

Cecilia Feijoo (FCSoc y FFyL-UBA)

Lucas Poy (FfyL-UBA)

Mercedes Trimarchi (Lic Cs. Comunicación UBA)

Mariela Díaz (FCSoc-UBA y CONICET)

Joaquín Farina (FCE-UBA)

Cynthia Daiban (FSOC, UBA)

Natalia Rizzo (artista)

María Sol González Chelis (FCSoc-UBA)

Martín Trombetta (FCE-UBA)

Patricia Barone (cantante)

Hernán Scorofitz (Facultad de Psicología – UBA)

Esteban Mercatante (FCE-UBA)

Nicolás Cambón (FADU-UBA)

María Chávez (CBC-UBA)

Pablo Cámera (FfyL-UBA)

Pablo Romá (FaHCE-UNLP)

Pablo Rabey (FfyL-UBA)

Juan Dal Maso (Instituto del Pensamiento Socialista-Casa Marx)

Agostina L. Gieco (FCSoc-UBA y CONICET)

Santiago Gándara (FSOC-UBA)

Gabriela Liszt (Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky)

Federico Holik (FCEN-UBA)

Juan Duarte (FPsico-UBA y UNLP)

Lucía Maffey (FCEN-UBA)

Rosa D´Alesio (FPsico-UBA)

Matías Cadoni (músico y docente)

Carlos Aliaga (UNSJ)

Maximiliano Duquelsky (FSOC-UBA)

Gastón Gutiérrez (IPS Karl Marx)

Natalia Casola (FfyL-UBA)

Matías E. Eskenazi (UNQ-UADER)

Axel Frydman  (periodista)

Demian Paredes (IPS Karl Marx)

Fabiola Ferro (FyL-FSOC-UBA)

Paula Bach (FCE-UBA)

Cristian Henkel (FSOC-UBA)

Paula Ferreyra ( FSOC-UBA)

Cecilia Heredia (psicóloga)

Osvaldo Cucagna (psicólogo)

Javier Gabino (cineasta)

Violeta Bruck (cineasta)

Gabi Jaime (cineasta)

Mariana Maañón (FCSoc-UBA)

Jorge Lo Cascio (FCE-UBA)

Luis Bartheborde (FSOC-UBA)

Y siguen las firmas

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Sobre prefectos, gendarmes y algunos temas de los que no se habla (Raquel Angel y Alberto Guilis)

Ahora bien, descubría que se le utilizaba como un instrumento, escondiéndosele los verdaderos objetivos, que le habían dicho mentiras y que él las había repetido de buena fe. También a él hombres invisibles, le habían robado la fuerza, la vida. Había puesto todo su empecinamiento en rechazar las palabras corrosivas y dulces de la burguesía y de repente se encontraba hasta en el Partido de la Revolución lo que más temía: la alienación en el lenguaje”. Es Paul Nizan quien habla y es de su padre, -un ex militante ferroviario del PC francés – de quien dice lo que dice, en Antoine Bloyé, quizásu libro más entrañable.

¿Por qué citar el párrafo? ¿Qué tiene que ver? Tiene mucho que ver, como se comprobará si somos capaces de leer esas palabras a la luz del presente, pero también del pasado, de nuestro pasado. Esas palabras nos interpelan, sacuden ciertas cómodas certezas, nos ponen ante el espejo no siempre complaciente de nuestras propias vidas.

Hablemos claro, digamos las cosas como son. Algo muy oscuro se ha instalado en el corazón de la izquierda argentina, a partir de la “revuelta de los prefectos y gendarmes”. Desde la dirigencia de ciertos partidos que se reclaman revolucionarios, lo que hubiera resultado inimaginable en tiempos del Terror se enarbola hoy como propuesta: aliarnos con el verdugo, llevarles personalmente nuestra solidaridad (¿por qué no?), dado que se trata de trabajadores y como tal tienen derechos. Dicho sin vueltas: atender los reclamos de los perros guardianes de las clases dominantes.

¿Ingenuidad? ¿Especulación? ¿Mala lectura de los textos clásicos de Trotsky, Lenin y aún Marx, o sencillamente escamoteo del contexto en que fueron escritos, y principalmente de los sujetos sociales a quienes estaban dirigidos? No vamos a abundar en este aspecto de la polémica que ya ha sido convenientemente refutado por compañeros de otros sectores de la izquierda, con y sin partido, cuyas posiciones lograron aventar confusiones y tergiversaciones. Quizá lo más alarmante de la discusión, del intercambio, a veces al borde de descalificaciones sin retorno, es que dejó al desnudo desacuerdos profundos en problemas cruciales para quienes se plantean el socialismo revolucionario como horizonte.

Hubo de todo en la polémica de marras, frases intempestivas, concepciones pasmosas, argumentos que se caían a poco de andar, réplicas furiosas, alineamientos impensables, memoria automanipulada y hasta formas de amnesia imposibles de procesar en un país que viene de ese agujero negro del Terrorismo de Estado, el genocidio, los secuestros, la tortura, las desapariciones. Una historia reciente, que atraviesa, como una pesadilla, el corazón no tan bien informado de una sociedad que no quiere pensarse y, sobre todo, recordar debidamente.

Bastan unos pocos gestos simbólicos del Poder para aceitar conciencias. Digamos: descolgar cuadros de asesinos, instalar, treinta años después, la mascarada de un juicio que permite a la mayoría de los procesados –gente probadamente experta en la tortura, el secuestro y el botín de guerra- esperar su sentencia en libertad, si es que antes –biología mediante- no devienen miembros de la lista de “muertos impunes”, allí donde figuran apellidos “ilustres” del genocidio nacional: pongamos Bussi, Nicolaides, Saint Jean. De todos modos, las pocas y casi siempre decepcionantes condenas son festejadas, desde distintos ámbitos oficiales, como un triunfo de la “justicia”, soslayando que muchas reducciones de las penas –por resolución de la Fiscalía del Estado, que no habla de genocidio sino de un “plan criminal y clandestino”, un eufemismo que le permite pedir de 20 a 6 años de prisión por “delitos comunes”- se deben a que tal organismo estatal considera un atenuante, para la totalidad de los imputados, gozar del concepto de ser “buenos vecinos”. Sí, han leído bien. ¿Por qué sorprenderse? ¿Acaso no es bien sabido ya que los nazis se emocionaban con la música de Schubert antes de poner en marcha las cámaras de gas? Eran “buenos vecinos”, cómo no. Igual que el comisario de Río Negro, Desiderio Penchulef, jefe de la comisaría de Cinco Saltos, acusado de aplicar torturas despiadadas a los prisioneros, y para quien, con la teoría del “buen vecino”, la Fiscalía del Estado sólo pidió 6 años de cárcel. (Informe publicado por la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos)

Cabe preguntar: con semejante precedente, ¿es posible luchar contra la brutalidad de las fuerzas represivas actuales en los barrios y en las cárceles? ¿Cómo no ver la conexión entre pasado y presente cuando el Estado, a través de la Fiscalía, no sólo exime de prisión perpetua a la mayoría de los genocidas de ayer, sino que se niega a la apertura de los archivos de la dictadura y a dar de baja a los cientos de represores que aún cumplen funciones? ¿No se advierte ninguna conexión ahí? Palabras como “impunidad” o “continuidad de los métodos dictatoriales” no resuenan en los oídos de quienes hoy se muestran solidarios con gendarmes, prefectos y policías, cuando se detiene a trabajadores que reclaman en una ruta y se los lleva a Campo de Mayo, uno de los mayores centros de exterminio de la dictadura? ¿No hay quien se detenga a pensar que ese operativo siniestro, ordenado por un teniente coronel en actividad –Antonio Berni, viceministro de Seguridad- es todo un mensaje destinado a los militantes del campo popular?

Nadie se escandaliza porque en la Argentina televisiva del “fútbol para todos”, esos juicios -que aún en la modalidad de la farsa podrían contribuir a algún tipo de reflexión social– no puedan verse por ningún canal. Se realizan casi en secreto, en los cubículos judiciales, con la escasa presencia de las víctimas de cada caso. “Se sabe” que los están juzgando y eso alcanza para que una enorme fracción de la sociedad se sienta como en los tiempos de la dictadura, completamente al margen. Peor: absuelta.

¿A qué viene esta cuestión?, no faltará quien pregunte. Y es altamente probable que quien haga la pregunta forme parte de lo que suele llamarse “el campo de la izquierda”. Se argumentará (lo hemos escuchado en este tiempo), que “eso pasó hace ya treinta años, no podemos mezclar una cosa con otra”. ¿No podemos? Suena extraño, para decirlo suavemente, suena por lo menos inquietante. Que se haya olvidado qué función cumplen, en el capitalismo, los aparatos represivos del Estado, es poco creíble, salvo que se trate de algún recién llegado a la política, alguien que aún no se enteró (por cuestiones de edad, de falta de lectura, de improvisada militancia o vaya a saber qué) de que esos gendarmes, prefectos y policías están para los juegos de masacre: aplastar las protestas obreras y populares del modo que sea, con palos, bombas tóxicas, a golpes, a patadas, y, cuando las cosas se desbordan, cuando es evidente para cualquiera que la ficción del “contrato” está a punto de quebrarse en mil pedazos, directamente matan. Matan cuando es necesario. Lo vemos todos los días. Es el precio a pagar, lo que cuesta, en vidas y destinos, la defensa de la educación, de unas tierras, de la verdad. Hablemos de los más cercanos: los asesinados de diciembre de 2001, los del Puente Pueyrredón (Kostecki y Santillán), el maestro Fuentealba, los caídos en el Indoamericano y en Ledesma, el desaparecido Julio López, testigo clave en el juicio al genocida Etchecolatz, los miembros de la comunidad qom, Mariano Ferreyra, Luciano Arruga, el dirigente campesino Cristian Ferreyra, y hace poco, otro militante de la lucha por la tierra: Martín Galván. La tarea estuvo a cargo, precisamente, de prefectos, gendarmes y policías.

Los mismos que hoy sectores olvidadizos de cierta izquierda (queremos creer que confundida, para decirlo, otra vez, suavemente) levantan como una bandera, casi como nuevos héroes populares que, por su “carácter de trabajadores, tienen derecho a la sindicalización”. ¿Escuchamos bien? ¿Leímos bien? ¿No será producto de una alucinación? Por desgracia, no. A uno le estalla la cabeza, trata de argumentar, de exponer razones, de refrescar atrocidades del pasado y del presente, de explicar aquello que no necesita explicación. Al menos, no debería necesitarla.

Vivimos en una época en que la tortura es un hecho cotidiano. No es mérito ni culpa nuestra”, escribe Sartre en ¿Qué es la literatura? Habla de Dachau y de ese símbolo mayor del exterminio que fue Auschwitz. Y reflexiona: “todo nos demostraba que el Mal no es una apariencia, que el conocimiento por medio de las causas no lo disipa, que no es el efecto de pasiones que cabría superar, de un extravío pasajero que cabría excusar, de una ignorancia que cabría combatir”… porque la tortura es, en primer lugar, “una empresa de envilecimiento”. Palabras poderosas, aún hoy, palabras que suenan como un latigazo y no, precisamente, como una “indiscernible lejanía” en esta región del sur.

Estas “misas negras”, como califica Sartre a la tortura, se celebran a cualquier hora en comisarías de todo el país: en cárceles, en servicios penitenciarios, en institutos de menores y en otros ámbitos que comulgan en la destrucción de lo humano. Las cifras lo dejan claro, aún para aquellos militantes desprevenidos que agitan, de buena fe, la bandera de la sindicalización de los miembros del aparato represivo. Según el Comité Provincial Contra la Tortura (CCT), desde 2005 a la fecha, se confeccionaron 15.500 expedientes por violaciones a los derechos de los detenidos.

No hay espacios de `no tortura´, es una práctica sistemática. La tortura existe en cada lugar de detención”, se lee en el informe del CCT. ¿De qué se habla cuando se dice torturas? Del submarino seco o húmedo. De la picana eléctrica. De palazos con bastones de madera o goma maciza. De golpizas reiteradas, de cachetazos en los oídos con las manos abiertas, una práctica que puede producir desde lesiones permanentes hasta sordera, de duchas de agua helada, de golpes en las plantas de los pies que impiden a las víctimas caminar durante días, de aislamiento en celdas de castigo.

El informe parece no agotarse en la dimensión del envilecimiento. Es necesario hacerse cargo. Una vez conocidos los datos (por ejemplo, que la totalidad de hechos violentos ocurridos durante el 2010 provocó lesiones en al menos 5.179 detenidos: pérdida de audición, ceguera, piernas y brazos quebrados, invalidez) hay que hacer algo para que cese la agonía, cualquiera sea el espacio donde se actúe. De otro modo, seremos cómplices. Peor aún: contribuiremos a la fractura de cualquier forma de solidaridad, por no decir que, en verdad, estaremos ejerciendo una forma de traición. Habría que preguntar: ¿qué dirán esos dirigentes de izquierda, sensibilizados por los reclamos de gendarmes, a los obreros que cortan rutas y son llevados a un campo de concentración, a los piqueteros, a los militantes de agrupaciones barriales? ¿Cómo los podrán convencer a ellos, víctimas principales de la brutalidad policial, de que hoy tienen que alinearse junto al enemigo, aunque éste los golpee hasta morir, porque el enemigo… es también un trabajador?

De eso se trata: de no traicionar a quienes se dice defender. Penoso trance sobre el que advierten con lucidez varios compañeros, de distintos sectores, en el espacio de la (¿ex?) Asamblea de Intelectuales (FIT), en blogs o en intervenciones públicas, entre ellos, Rolando Astarita, Axel Frydman, Christian Castillo, Jonatan Ros, Matías Antonio, Guillo Pistonesi.

Algo para lamentar y repudiar: que por haber expresado sus ideas, algunos de esos compañeros, hayan sufrido (es el caso de Frydman) descalificaciones intolerables.

Queremos rescatar especialmente la nota de Jonatan Ros (publicada en La verdad obrera) y el documento elaborado por Guillo Pistonesi. Ambos ponen el acento en un tema que es central para la izquierda: impulsar toda forma de autodefensa que adopten los trabajadores y las masas oprimidas “en la perspectiva de la formación de milicias obreras capaces de derrotar las fuerzas represivas”. Ni infantilismo ni ultraizquierdismo, como intentaron descalificar desde veredas opuestas. Se trata de una posición “que hace la diferencia” en tanto supera las respuestas coyunturales que suelen darse en estos casos (marchas, consignas, repudios y pronunciamientos) y que se atreve a ir más allá de lo “políticamente correcto”, planteando alternativas de incuestionable valor estratégico.

El tema de la autodefensa dispara, además, varias cuestiones. En primer lugar, la ausencia de la izquierda en los debates sobre la “seguridad”, algo que ha terminado dejando el asunto en manos de la derecha. Hay que reconocerlo con absoluta frontalidad: la izquierda no tiene una política precisa en relación a un problema que, como cualquiera sabe, no es exclusivo de la burguesía o la pequeña burguesía. En barrios obreros y en zonas de clase media empobrecida el miedo al robo, a la violación, a las torturas, a la muerte, se siente aún en proporción mayor. La izquierda podría cumplir en estos casos un papel esclarecedor. No es la comisaría de la zona ni la gendarmería las que va a proteger a la población. Más bien lo contrario, como bien lo demuestran las famosas “zonas liberadas” para que actúen las bandas de delincuentes, profesionales o no.

En relación a la autodefensa obrera, viene al caso y es necesario, en más de un sentido, recordar la extraordinaria jornada que tuvo lugar, el año pasado, en Neuquén, cuando los trabajadores de Zanón (hoy Fasinpat) festejaron sus 10 años de autogestión. De ese día, quedaron imágenes imborrables. Fue mucho más que un festival o un recital. Fue un acto de comunidad, de poder constituyente, de recuperación no sólo del propio trabajo sino de la propia historia, del estar con los otros, de otro modo de estar en el mundo. No fueron necesarios gendarmes ni policías. Los asistentes (alrededor de 15.000) bailaron, cantaron, levantaron sus puños. Vivieron un día con el corazón. “Cuidémonos a nosotros mismos”, “aquí no hay policía”, “la seguridad la garantizan los propios trabajadores”, se escuchaba una y otra vez por los altoparlantes. Todos sabían que se trataba de algo más que palabras. Todos sabían, o habían escuchado decir, que más de una vez, a lo largo de esa gestión obrera con ribetes heroicos, los trabajadores debieron apelar a métodos de autodefensa para impedir los intentos de desalojo, instigados y alentados desde el Poder.

No estamos ante un fenómeno nuevo. Es un rescate de las mejores tradiciones del movimiento obrero: la resistencia popular en Mataderos durante las jornadas de la huelga general de 1959, la ola de ocupaciones de fábrica con toma de rehenes, en todo el período que va desde el Cordobazo hasta el golpe genocida, los piquetes de autodefensa popular en los barrios durante la crisis del 2001-2002, allí donde resurgía, al calor de los todos, de los “nadies”, la idea de fraternidad. “Acá, con los compañeros, nos sentimos seguros”, se escuchaba decir.

Pero hay también otros ejemplos de una lógica política que se ubica en las antípodas: cuando un trabajador ferroviario es agredido y, en lugar, de organizar la autodefensa de los compañeros desde el sindicato… se pide la presencia de la gendarmería. De aquí a considerar a los gendarmes “trabajadores” y bregar por su sindicalización, hay un solo paso, es parte de lo que podríamos llamar la discursividad del significante vacío.

Final con preguntas: Más que pedir sindicato para gendarmes y enfrentarnos en polémicas estériles sobre si son o no trabajadores, ¿no deberíamos exigir, lisa y llanamente, la disolución de los aparatos represivos del Estado? ¿No es hora de que la izquierda retome sus banderas? Las de Trotsky, por ejemplo, que en la Alemania de 1934, y bajo la sombra creciente del nazismo, se atrevió, contra todo riesgo, a reclamar “la disolución de todas las policías al servicio del Estado burgués”?

Conocemos la respuesta: “No es el momento”. Puede que no, idealmente no. Pero si no avanzamos, temerariamente, habrá que seguir recordando a Benjamin, cuando decía, en una de sus tesis más famosas: “Y si el enemigo vence, ni los muertos estarán seguros. Y este enemigo no ha dejado de vencer”.

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Si hablamos de citas… (y de realidades) (Guillo Pistonesi)

Al paso:

No es bueno discutir con citas por varios motivos. No somos “dogmáticos” que creamos en la “verdad revelada” de nuestros maestros revolucionarios. Utilizar citas por fuera del contexto en la que se escribieron lo más probable es que le cambien el contenido.  Entre otros motivos. 

Pero como el compañero Sorans nos llena de citas hagamos una sencilla, primaria y elemental exégesis de las mismas, sin entrar en argumentos que ya fueron esgrimidos con creces por el PTS en los últimos dos números de La Verdad Obrera.

El obrero, convertido en policía al servicio del Estado capitalista, es un policía burgués y no un obrero”. Sorans contextualiza la cita correctamente: Trotsky polemizaba con la socialdemocracia (y el estalinismo) que, efectivamente llamaban a confiar en la policía para enfrentar a los fascistas, en vez de… (y esto es lo que el compañero ¿casualmente? omite) impulsar las milicias obreras. Ahora bien, lo que no dice Sorans si esa tajante afirmación de Trotsky, que no da lugar a equívocos, ¿es correcta o no lo es?. El obrero convertido en policía al servicio del Estado capitalista, ¿es obrero o es burgués? O en el ’32 en Alemania era burgués pero 80 años después en Argentina es un obrero…. ?

Sigamos con citas. Sorans menciona el trabajo de Trotsky sobre Francia. En junio de 1934 Trotsky publica el “Programa de Acción para Francia“. Leamos con detenimiento este punto (subrayados míos):

10. Disolución de la policía, derechos políticos para los soldados.
 El gobierno arrebata centenares de millones de francos a los pobres, a los explotados, a gente de todas las condiciones para desarrollar y armar a su policía, sus gardes mobiles y su ejército; en otras palabras, no sólo para desarrollar la guerra civil, sino también para preparar la guerra imperialista. Los jóvenes obreros movilizados por centenares de miles en las fuerzas ar­madas de tierra y mar están desprovisto de todos sus derechos.
Exigimos la destitución de los oficiales y suboficia­les reaccionarios y fascistas, instrumentos del golpe de estado. Por otra parte,
los obreros bajo las armas deberánconservar todos sus derechos políticos y esta­rán representados por comités de soldados, elegidos en asambleas especiales. De esta manera se conservarán en contacto con la gran masa de los trabajadores, y unirán sus fuerzas con las del pueblo, organizado y armado contra la reacción y el fascismo.
Todas las policías, ejecutoras de la voluntad del capitalismo  del estado burgués y de sus pandillas de políticos corruptos deben ser disueltas. Ejecución de las tareas policiales por las milicias obreras. Abolición de los tribunales de clase, elección de todos los jueces, extensión del juicio por jurado a todos los crímenes y delitos menores: el pueblo se hará justicia a sí mismo.”

No es muy difícil leer que acá Trotsky hace una total distinción entre la base obrera y campesina movilizada obligatoriamente para integrar las FFAA de entreguerra (obreros que circunstancialmente están “bajo las armas” que deben “conservar” todos sus derechos políticos de su vida civil) y las policías. Para los primeros un programa democrático que sirva para romper la cadena de mandos y nutrir las milicias obreras. Para las segundas, disolución sin más. 

Comparar a una fuerza represiva totalmente profesionalizada Gendarmería o las policías, con ejércitos de millones de obreros y campesinos movilizados, es un verdadero dislate. 

Veáse este cuadro: de estos ejércitos hablaban Lenin y Trotsky, ejércitos de masas donde más de la mitad de sus integrantes eran “movilizados” circunstancialmente para la guerra. Quien no tuviera una política activa para con esos obreros y campesinos armados por la misma burguesía para ir a la guerra, podría dedicarse a cualquier cosa menos a la revolución.

EFECTIVOS MILITARES
1914-1918
Países de la Entente
Efectivos de
los Ejércitos
y la Reserva (1914)
Fuerzas
movilizadas
1914-1918
Rusia 5,971,000 12,000,000
Francia 4,017,000 8,410,000
Gran Bretaña 975 8,905,000
Italia 1,251,000 5,615,000
Estados Unidos 200 4,355,000
Japón 800 800
Rumania 290 750
Serbia 200 707
Bélgica 117 267
Grecia 230 230
Portugal 40 100
Montenegro 50 50
Países de los
Imperios Centrales
Efectivos de
los Ejércitos
y la Reserva (1914)
Fuerzas
movilizadas
1914-1918
Alemania 4,500,000 11,000,000
Austria-Hungría 3,000,000 7,800,000
Turquía 210 2,850,000
Bulgaria 280 1,200,000

¿Qué tiene que ver ésto con las policías federal, provinciales o gendarmería? Son comparables los marineros revolucionarios del Báltico movilizados para la guerra (200 mil de ellos fueron parte de la constitución del Ejército Rojo) con los efectivos del Grupo Albatros de Prefectura?

Sobre Clauwsewitz y “la guerra como continuidad de la política por otros medios”. Evidentemente, más allá de la comprensión harto sesgada del teórico prusiano, el objeto sobre el cual Sorans se refiere (las policías y fuerzas profesionalizadas y sus huelgas) no tiene nada que ver las tropas obreras y campesinas movilizadas por millones para las cuales, insistimos, es clave tener una política permanentemente activa.

Es Sorans tiene que demostrar, entonces, si los revolucionarios a los que cita apoyaron alguna vez demandas de las fuerzas policiales o las de un ejército profesionalizado.

Y ya que estamos con citas, terminemos con Trotsky en extraordinaria “Historia de la Revolución Rusa” (subrayados míos): “La policía no tardó en desaparecer completamente del mapa; es decir, se ocultó y empezó a maniobrar por debajo de cuerda. Vienen los soldados a ocupar su puesto, fusil al brazo. Los obreros los interrogan, inquietos: “¿Es posible, compañeros, que vengáis en ayuda de los gendarmes?” (…) “Entre tanto, el desarme de los “faraones” se convierte en la divisa general. Los gendarmes son el enemigo cruel, irreconciliable, odiado. No hay ni que pensar en ganarlos para la causa. No hay más remedio que azotarlos o matarlos. El Ejército ya es otra cosa. La multitud rehúye con todas sus fuerzas los choques hostiles con ellos, busca el modo de ganarlo, de persuadirlo, de fundirlo con el pueblo.”

Salud,

Guillo Pistonesi,

15 de octubre de 2012

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Sobre las huelgas policiales, la sindicalización, las FFAA y los socialistas revolucionarios (Miguel Sorans, UIT-CI)

La huelga de gendarmes y prefectos, en Argentina, por reclamos salariales, y el apoyo a sus reclamos y al derecho a formar sindicatos realizada por Izquierda Socialista, entre otras organizaciones, ha generado una nueva polémica en la izquierda marxista. Este debate no es nuevo en la izquierda internacional, ya que hay corrientes como la que encarna el PTS-Fracción Trotskista, que se vienen oponiendo a toda huelga policial o de otras fuerzas en cualquier país del mundo donde ocurran. Como hicieron sus pequeños grupos afines de Brasil y Bolivia, quienes, con argumentos similares, se opusieron a la huelga de los bomberos de Río (Brasil), y a la huelga de policías de bajo rango de Bolivia. Ambas huelgas fueron reprimidas por los gobiernos de centroizquierda de Dilma Russef y Evo Morales.
Es un debate muy importante porque hace a la estrategia revolucionaria y a cuestiones que siempre el marxismo debatió y adoptó posiciones. El marco lo dan las resoluciones de la III° Internacional y las experiencias revolucionarias del siglo XX.
Consideramos que el cuestionamiento a intervenir con una política de clase en las huelgas policiales, va contra la tradición del marxismo revolucionario.
1) La cita de Trotsky, usada por PTS a través de su dirigente Christian Castillo, y el profesor Rolando Astarita, sobre Alemania de los años 30 contra la policía, no corresponde a un caso de huelga policial o de bomberos, o de rebeliones salariales o por reivindicaciones de la base y cuadros medios militares. Su utilización es la negación del método marxista. Con citas mal usadas se puede pretender demostrar cualquier cosa. Trotsky, cuando se refiere correctamente al rol represor y burgués de la policía alemana: “el obrero, convertido en policía al servicio del Estado capitalista, es un policía burgués y no un obrero”, está polemizando con la socialdemocracia alemana, cuando ésta se negaba (1932) a movilizar a la clase trabajadora contra el avance político y de las bandas fascistas de Hitler y del partido nazi. La socialdemocracia, que apoyaba el régimen burgués del momento, argumentaba que se lo iba a parar con la policía y en los marcos de la constitución y la justicia burguesa del gobierno y el régimen. Argumentaba  a su favor, diciendo que la mayor parte de la policía era de origen “obrero” y afiliados a la socialdemocracia. (Ver La lucha contra el fascismo en Alemania, Capitulo “La socialdemocracia”, Editorial Pluma, 1973, pág. 93 y siguientes). Polemiza y denuncia una política traidora y reformista que consideraba a la institución policial como “progresiva”, mientras desmovilizaba a la clase obrera alemana. Su consigna era “estado intervén”.  Es lo opuesto a nuestra postura, la de los verdaderos marxistas. En ningún momento reivindicamos a la “policía” ni a la institución burguesa represora Gendarmeria o Prefectura. Apoyamos los reclamos salariales de la base y cuadros medios contra los altos mandos y el gobierno burgués de turno.
2)  El PTS y el profesor Astarita, van contra toda la tradición del marxismo y de nuestros maestros Lenin y Trotsky. PTS -que reivindica ser un partido revolucionario-, no cumpliría con las 21 condiciones de la III° Internacional, que en su punto 4 señala: “El deber de propagar las ideas comunistas implica la necesidad absoluta de desarrollar una propaganda y una agitación sistemática y perseverante entre las tropas. Donde la propaganda abierta sea difícil a causa de las leyes de excepción, debe desenvolverse ilegalmente; negarse a ello sería una traición a las exigencias del deber revolucionario, y por consecuencia incompatible con la afiliación a la Tercera Internacional”. El punto es una condición clara y excluyente para ser de la internacional, porque se considera traición. Esta resolución es del II° Congreso, encabezado por Lenin y Trotsky.
3) El argumento de que no se los puede apoyar porque “no son trabajadores” es desmentido por la resolución de la Tercera Internacional. Es evidente que la Tercera no consideraba ni argumentaba que la agitación había que hacerla porque eran trabajadores, partía que eran las fuerzas represivas del estado burgués. ¿Por qué entonces recomendaba esa agitación sistemática? Porque consideraba que era parte de la estrategia revolucionaria tener una política para  intentar dividirlas o paralizarlas para cuando llegara el momento de una insurrección obrera y popular. Se basaban en la experiencia revolucionaria.
4)  El argumento de que solo en situaciones de insurrección proletaria o de masas se puede tener una agitación y política para actuar sobre las fuerzas represivas, es falso. El punto 4 de la Tercera no pone esa condición.
5) Lenin planteaba, en los acontecimientos revolucionarios de 1905, que había que apoyar los reclamos salariales y de mejoras en el servicio que reclaman los soldados y los marineros de las fuerzas armadas zaristas. “Los soldados de San Petersburgo quieren mejor rancho, mejor vestuario y mejor alojamiento, reclaman aumento de los haberes” […] “No es posible permanecer al margen de la lucha de todo el pueblo por la libertad. Quien muestre indiferencia ante esta lucha, apoya de hecho los desmanes del gobierno policiaco” (ver Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, julio de 1905)
6) El argumento de que apoyar mayores salarios es igual a apoyar un fortalecimiento del aparato represivo, es tan ridículo como decir que Lenin, al apoyar los reclamos salariales de los soldados y marineros del régimen zarista, era un traidor que ayudaba a que el aparato criminal zarista se fortaleciera para seguir asesinando al proletariado y a los campesinos rusos.
7) También Trotsky señalaba -en polémica con los pacifistas y reformistas que veían la imposibilidad de enfrentar al poder burgués por sus fuerzas represivas y su poderoso armamento-, “detrás de cada máquina hay hombres, ligados por relaciones no sólo técnicas sino también sociales y políticas” (¿A dónde va Francia?, Pluma, 1974, página 37). O sea, decía que con una política correcta se podía ganar o paralizar a sectores de esas fuerzas represivas.
8) El PTS hace tiempo da cursos sobre Clausewitz, uno de los mayores teóricos del arte militar. Pero olvida una de sus enseñanzas más importante, que gustaba citar Trotsky en ese trabajo y otros. Que la guerra civil es la continuación de la política por otros medios. Es evidente que cuando se llega al borde de una guerra civil o de una insurrección, que enfrenta la represión de las fuerzas represivas, es vital tener una política más radical hacia la base de esas fuerzas (incluida la autodefensa obrera), para dividirlas o paralizarlas, incluido apoyar sus reclamos salariales u otras reivindicaciones. Pero ¿por qué esa política es inválida cuando todavía no hay guerra ni insurrección, si, según Clausewitz, ésta es la continuación “de la política por otros medios”?  En tiempos de “paz” hay que tener esa política preparatoria, como aconsejaba la Tercera, y no esperar a una insurrección o al comienzo de una guerra civil. Parte de esa preparación es hacer esa agitación política propagandística y parte de ella es buscar profundizar, con políticas correctas, las divisiones coyunturales o muy excepcionales que se provocan  en las fuerzas represivas del régimen burgués, como lo son las huelgas salariales  que, objetivamente, van contra las normas burguesas básicas, que son no reclamar, acatar los mandos, ni usar los métodos del movimiento obrero como las huelgas o los intentos de formar sindicatos. En ese marco apoyar las huelgas policiales, de bomberos o de otras fuerzas militares, es correcto, a condición de no reivindicar a la institución burguesa represiva y de unirla a las luchas de la clase trabajadora.
9) Las huelgas policiales o de fuerzas semejantes se dan justamente en momentos de gran tensión social de un país. Las primeras que se conocieron fueron en Inglaterra de 1918-19, en donde surgieron los primeros sindicatos, barridos por el imperio británico. El profesor Astarita, da como prueba de que no tiene sentido proponer sindicatos policiales ni apoyar sus huelgas, porque después de esa huelga histórica y de tener un sindicato, la policía británica no cambió y siguió reprimiendo. El detalle que le falta, a este pseudo erudito del marxismo, es que el gobierno imperialista británico cesanteó y dio de baja a más de mil policías de aquella heroica huelga. Las huelgas policiales de 1918-19 eran parte de la oleada obrera revolucionaria pos revolución rusa. Que haya huelgas policiales y surjan sindicatos (como los que existen en Francia y otros países de Europa) no hace cambiar el carácter de las fuerzas represivas de un estado burgués, que solo se puede hacer cuando triunfe una revolución socialista y surja un estado obrero que las disuelva. Hoy las huelgas policiales son comunes en Gran Bretaña, en toda Europa y el mundo, en medio de la agudización de la crisis social capitalista. No se conoce un caso de que hayan sido rechazados por los trabajadores cuando se han sumado a la lucha. A su vez, esos mismos policías son repudiados y enfrentados cuando reprimen a los trabajadores y a la juventud. Es la realidad, con todas sus contradicciones. Querer reemplazarla por esquemas y citas mal empleadas, no sirve más que para alejar a los trabajadores de una verdadera política de clase y revolucionaria. Y favorecer, objetivamente por su infantilismo, al gobierno y al régimen capitalista de turno, como el gobierno peronista de Cristina Kirchner, que también cuestiona las huelgas policiales y de los gendarmes. Por otro lado, al no apoyar y repudiar estos reclamos, se abandona la pelea estratégica de buscar dividir o neutralizar a sectores de las fuerzas represivas, una de las tareas claves de la clase trabajadora y de los socialistas revolucionarios.
15 de octubre 2012
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SOBRE LOS “COMPAÑEROS GENDARMES”, Y ALGUNAS OTRAS DUDOSAS CUESTIONES FILOSÓFICO-POLÍTICAS (Eduardo Grüner)

Un bien interesante antropólogo “de izquierdas” norteamericano –que lamentablemente hoy nadie lee en la universidad, aunque en altri tempi fue casi un best-seller -, aquel de la llamada “antropología de la pobreza”, Oscar Lewis, hizo en su momento un experimento notable. En 1948 puso por primera vez en juego su metodología de “narrativa oral” (con la que haría después famosos textos como Los Hijos de Sánchez o La Vida ) en las barriadas más pobres de La Habana, donde uno de los problemas más acuciantes era la altísima violencia delincuencial –que, como sabemos, afecta siempre más a los más desprotegidos-. Producida la revolución castrista, Lewis decidió volver en 1961 para entrevistar a los mismos sujetos que había visto en el 48, con el objeto de comprobar si, y cuáles, se habían producido cambios en su vida cotidiana. Encontró que los cambios eran notorios y profundos: entre otras cosas, había desaparecido casi totalmente aquella violencia delincuencial. ¿Cómo se las había arreglado el gobierno revolucionario para operar ese milagro? Muy sencillo: ¡armando a toda la población de la barriada! Es decir: aplicando a un pequeño suburbio habanero el razonamiento por entonces imperante a nivel mundial en el contexto de la detente de la carrera atómica: si los grandes contendientes tienen un armamento similarmente poderoso, ninguno se animará a usarlo, por miedo al mutuo exterminio. Por supuesto –pequeño detalle- no fue lo único que hizo el gobierno: también llevó a cabo una importante reforma urbana y redistribución de la riqueza (o aunque fuera de la “escasez”, como se dijo en su momento), que en buena medida volvió ociosa o inconducente la ambición de los delincuentes, y mediante el significante milicias populares imbuyó en los nuevos grupos armados –entre los cuales probablemente hubiera varios ex delincuentes- una mística de defensa de lo conquistado por la revolución. Y sobre todo, antes de todo eso, se había hecho una revolución (no es este el momento de discutir lo que queda de ella: atengámonos, por ahora, al dato).

Moraleja: sólo en el contexto revolucionario se pueden –y con reservas y prudencias- tener fuerzas armadas “confiables” y “al servicio del pueblo”. Es verdad –dialéctica obliga- que históricamente nunca una revolución (burguesa, socialista o “nacional-popular-militar” como en su momento en Perú o Bolivia) logró triunfar sin que las bases mayoritarias de las fuerzas armadas “realmente existentes” se dieran vuelta y, por así decir, apuntaran hacia atrás. Pero, justamente: para que eso pudiera suceder se requirió una profunda crisis orgánica de carácter revolucionario o al menos decididamente pre-revolucionario. No es, ciertamente, el caso de la Argentina de hoy. En la Argentina de hoy, las FFAS (Fuerzas Armadas y de Seguridad) están plenamente integradas a los althusserianos ARE (Aparatos Represivos del Estado), con todo lo que eso significa en términos de sus “tareas”, entre las cuales está por supuesto, aún dentro de la democracia jurídico-política burguesa, la de reprimir a los movimientos o manifestaciones populares que se “salgan de madre”. No es una mera hipótesis virtual: lo hemos visto hasta el hartazgo, con este gobierno y con todos los anteriores desde 1983 (el de antes no cuenta: era su misma esencia). No se nos escapa que esta no es la única tarea de las FFAS: en los papeles, también deben vigilar las fronteras, defender al país de agresiones externas, operar como “brazo armado de la Ley” en la lucha contra el delito, en fin, cumplir todas las funciones prescriptas por un Estado burgués comme il faut . Y por consiguiente, también reprimir (o “contener”) a los movimientos populares que tiendan a poner en cuestión los límites de tal Estado burgués. Más aún: gendarmes y prefectos han sido utilizados precisamente para esto en sustitución de una policía “normal” que es percibida –con buenas razones- como ineficiente, corrupta y ella misma delincuencial. No es algo para indignarse ni para arrancarse los pelos de desesperación: es lo que “corresponde” en el Estado burgués. Pero tampoco es cuestión, para nosotros, de facilitarles el trabajo desde la izquierda ¿no?.

Por ahora, pues –y por definición, las decisiones urgentes se toman ahora -, proponer un sindicato de gendarmes, prefectos o policías es un manifiesto dislate. No es solamente que sea erróneamente “reformista”, “sindicalista”, “economicista” o siquiera objetivamente “reaccionario”: antes que todo eso, es un completo despropósito político. En las actuales condiciones –esto se ha dicho ya, pero conviene recordarlo- un sindicato así, como cualquiera que fuera construido desde “arriba” hacia “abajo” por el Estado burgués al cual las FFAS pertenecen (los gendarmes-prefectos-policías no son ceramistas de Neuquén: que se sepa, la izquierda no tiene la más mínima posibilidad de construir ese sindicato desde abajo, otorgándole plena autonomía de su patronal-Estado) tendría, en principio, las funciones teóricas de cualquier otro: por ejemplo, la de lograr buenos aumentos de salarios. Nada que objetar, va de suyo. Pero también, por otro ejemplo, la de mejorar sus condiciones de trabajo, incluidos sus instrumentos de trabajo: armas más poderosas, escudos mejor blindados, gases lacrimógenos más penetrantes, picanas eléctricas a control remoto, lo que fuere que efectivamente ayudara a que hicieran su trabajo (en el cual se incluye la represión de los movimientos populares) de manera más eficiente, más segura y menos riesgosa –como darles cascos de plástico a los obreros de la construcción, digamos-. ¿Tampoco tendremos nada que objetar a eso? Y ya que estamos en el reino de las hipótesis absurdas, abundemos: muchos militantes de izquierda, como Mariano Ferreyra, han perdido la vida luchando contra las burocracias sindicales asesinas, que tienen armas, formalmente al menos, ilegales . No quisiera siquiera tener que imaginarme a una burocracia sindical legalmente armada por el Estado burgués, como lo están todos los miembros de las FFAS. Desde luego, siempre se puede argumentar –algunos lo están haciendo- que el acta de constitución de semejante sindicato podría contemplar una cláusula que expresamente prohibiera a sus miembros tomar las armas contra otros trabajadores. De acuerdo. Pero, ¿podría alguien informarme, por favor, dónde está hoy la relación de fuerzas favorable a la izquierda que pudiera imponerle semejante cláusula a las FFAS del Estado burgués? Y no pudiendo hacer eso, alentar una “autonomía relativa” sindical de las FFAS respecto del Estado, ¿no sería algo así como alentar un embrión de potencial conformación de un nuevo “partido militar” de triste memoria? Así que no, no y no: repitamos, en las actuales condiciones es infinitamente mejor (o menos peor) que las FFAS estén rígida y jerárquicamente subordinadas al Estado nacional (burgués). Si un día las FFAS deciden tomar las armas a favor del pueblo en un proceso revolucionario, no lo harán porque tengan un sindicato, si no, como decíamos, porque la “crisis orgánica” les impondrá una decisión: ninguno de los ejércitos que se dieron vuelta en las revoluciones antes citadas estaba sindicalizado… por suerte.

Es decir: el concepto sindicato no puede ser “positivizado” en cuanto una suerte de universal abstracto ajeno al “análisis concreto de la situación concreta” (si es por eso, y si vamos a ser “abstractos”, personalmente estoy en contra de los sindicatos y a favor de los soviets, o algo similar). En todo caso, habría que dar un paso atrás y empezar por hacernos una pregunta más básica: los gendarmes-prefectos, policías ¿son trabajadores? Mi respuesta tentativa es: ¡por supuesto que sí! Nada ganamos pretendiendo demostrar –como también están intentando algunos desde la izquierda opuesta, como lo está el que escribe, a que conformen sindicatos- que no lo son. Eso es hacerse la vida fácil barriendo el problema bajo la alfombra, y distrayéndose de las contradicciones estructurales que están inscriptas en la sociedad de clases y el Estado burgués (cuando más bien la estrategia de la izquierda ha sido siempre explotar esas contradicciones). De la misma manera que son trabajadores –y aún con mayor título, puesto que están mucho más cerca de la producción material en sentido estricto- los “crumiros”, los rompehuelgas o los carneros colaboradores de la patronal, sin que a ningún ingenioso izquierdista se le ocurra proponer para ellos un sindicato especial para mantenerlos más “controlados”. Pero, no nos desviemos: los miembros de las FFAS sí son trabajadores. Y es más: son trabajadores mal pagados, superexplotados, abusados por la autoridad arbitraria de sus jefes, profundamente “alienados”, y que están asimismo atravesados por formas desviadas de la “lucha de clases” (si se puede llamar así a los resentimientos creados por la manifiestamente injusta brecha entre los salarios de los altos oficiales y los de los “milicos” de la base). Son, en su gran mayoría, hombres –y ahora también mujeres- que provienen de los estratos más bajos, más marginales, de la estructura social, a los cuales el sistema los ha privado de casi toda posibilidad de supervivencia digna, y están por lo tanto obligados a malvender su fuerza de trabajo en las peores condiciones. Son, en este sentido, víctimas del sistema. Como muchos otros trabajadores. Sólo que da la casualidad de que una parte sustancial de su trabajo consiste en… reprimir a los otros trabajadores. O sea: en, indirectamente y de manera no consciente, reprimirse a sí mismos enajenados en la ilusión de poder que les da el manejar instrumentos de represión (aquí es donde entran en juego, en este campo específico, los otros “aparatos” althusserianos, los AIE, Aparatos Ideológicos del Estado), como en ese cuento alegórico de Kafka a propósito del caballo que le arrebata a su amo el látigo y se castiga a sí mismo creyendo ahora ser él el amo. Esto puede ser una tragedia , sin duda, pero no es una “perversión” ni una “anomalía” inexplicable: al contrario, es la normalidad de la “división del trabajo” en la sociedad capitalista y en el Estado burgués (¿o alguien ha visto alguna vez a Amalita Fortabat o al ministro del Interior salir a reprimir directamente ellos? No, para eso tienen trabajadores especializados). ¿Vamos, entonces, a convalidar esa tragedia organizándola en una institución -eso es un sindicato-, es decir reduplicando su “normalización” tanto como aquel horroroso efecto ideológico “kafkiano”?

Ocultar(nos) esa “normalidad” bajo la cómoda y tranquilizadora premisa de que quienes reprimen a trabajadores no pueden ser ellos mismos trabajadores sería un pecado de lesa radicalidad : sería no querer saber nada con un conflicto posiblemente irresoluble que existe en (que incluso constituye a) la sociedad capitalista, y sobre el cual obviamente tiene que trabajar cualquier proyecto revolucionario, y para hacer lo cual tiene que empezar por reconocerlo como tal conflicto, como tal “tragedia”, sabiendo al mismo tiempo que no se va a poder resolver dentro de los límites del sistema . Al revés, considerarlos trabajadores equiparables a cualquier otra categoría de trabajadores –y por lo tanto merecedores de tener un sindicato, lógicamente- sería también negar el conflicto haciendo del significante trabajadores una especie de “equivalente general” fetichizado que desplaza de la vista la diferencia específica de esa categoría de trabajadores, y a cambio de esa “negación” crear la ilusión de que ese conflicto puede resolverse dentro de los límites del sistema (los trabajadores de las FFAS podrían tener paritarias, negociar mejores condiciones de trabajo, etcétera). Las dos posiciones, desde polos opuestos, convergen en la supresión “imaginaria” de un venerable ABC hegeliano que convendría siempre tener a la vista: los miembros de las FFAS son trabajadores en-sí , pero no para-sí . Se nos dirá que eso mismo sucede, en general, hoy, con la mayoría de los trabajadores; de no ser así estaríamos por lo menos en una situación “pre-revolucionaria”, los trabajadores habrían adquirido plena “conciencia de clase”, estarían luchando contra el Estado burgués en lugar de identificarse mal o bien con el bonapartismo “K”, y así de seguido. Por supuesto. La pequeña diferencia es que estos trabajadores que aún no han hecho el salto al para-sí no se ejercen violencia entre ellos (salvo algunas fracciones lumpen que pueden hacer de “mano de obra desocupada” para la peor burocracia sindical; con lo cual están en la misma posición que los miembros de las FFAS, sólo que no están “institucionalizados” ni forman parte orgánica del Estado). Ese hiato entre el en-sí y el para-sí es –no hace falta que lo digamos- el “campo de batalla” (material, simbólico e ideológico-cultural) de un proyecto revolucionario, que quedará siempre en mero “proyecto” si no es capaz de construir un puente sobre esa brecha, de llenar ese indecidible vacío . Pero, de nuevo: en el caso de los miembros de las FFAS no se trata del mismo “vacío”; podríamos decir que ni siquiera se trata de un “vacío”, sino de un verdadero agujero negro . Ellos son parte de la clase trabajadora, pero lo son como la “parte que no tiene parte” (para retomar esa noción de Ranciére, aunque invirtiendo su sentido), o peor, son la parte cuyo trabajo los obliga a colocarse potencialmente en contra del resto. No bastaría hacer con ellos (en verdad no basta con nadie, pero mucho menos con ellos) un mero trabajo de paciente “educación” o persuasión –no se trata de idiotas, si uno se sentara a razonar con ellos seguramente “entenderían” un montón de cosas-. Lo que se suele llamar “ideología” no es simplemente un conjunto de ideas y conceptos más o menos difusos e inconscientes que se aplican a las conductas prácticas y que podrían ser cambiadas por el convencimiento paciente, sino que está indisociablemente entramada , o inscripta , en las prácticas mismas (en este sentido, la ideología no es una “superestructura” en la acepción vulgar: puesto que una función central de la ideología dominante es la de reproducir armoniosamente las relaciones de producción / dominación imperantes, ella forma parte de la “base económica”; es uno de los principales componentes de la llamada dominación intra –económica). Que la mayoría de los miembros de las FFAS sean, como se dice, “fascistas”, “autoritarios”, “violentos” o “antipopulares” no es una enfermedad psicológica (aunque eso pueda ser un efecto ): es algo consustancial a la propia lógica de su “proceso de trabajo”. Es claro que esa lógica puede ser transformada. Pero, otra vez: para que tal cosa sucediera en serio haría falta una aguda crisis “revolucionaria”. Ningún sindicato que se mantuviera dentro de los parámetros de la lógica actual de ese “proceso de trabajo” (y no podría ser de otra manera en las actuales condiciones) serviría para alterar nada de manera radical , e incluso podría empeorar las cosas (salvo, tal vez, y no es seguro, para el gobierno, que quizá podría negociar más aceitadamente con los potenciales levantiscos: pero no es tarea de la izquierda solucionarle sus problemas al Estado burgués).

Todo lo anterior no quita que el reclamo de los gendarmes y prefectos sea “justificado”, “legítimo”, y todas esas cosas que se dicen. Pero en esos términos, y en su propio nivel, también aparece como “justificado” y “legítimo” el reclamo de los “pequebús” caceroleros a los que no se permite acumular dólares en medio de una economía capitalista en crisis cuya inflación les recorta sensiblemente su capacidad de ahorro y consumo (paradójica consecuencia de un “modelo” que, lejos de apostar consecuentemente a la recomposición industrial, como reza el bendito “relato”, se basa en la exportación y consumo de commodities ). También aquí el aspecto propiamente ideológico del reclamo está inscripto en las estructuras del proceso económico dominante. ¿A qué viene esta comparación aparentemente traída de los pelos? A un debate que viene produciéndose cada vez menos sordamente en el seno de la izquierda (incluido el FIT). Dicho esquemática y sucintamente: de la misma manera que la legitimidad de las demandas de los miembros de las FFAS no pueden ser –por todo lo dicho- un argumento para que la izquierda empuje su sindicalización, tampoco la legitimidad de algunos de los reclamos caceroleros puede ser un argumento para que la izquierda apoye (menos aún se haga presente) en movilizaciones como las del 13-S, hasta ahora nítidamente hegemonizadas por lo peor de la derecha. En ninguno de los dos casos, es verdad (si entiendo bien, sobre esto hay pleno acuerdo), hay el menor peligro de “golpe”, “atentado a las instituciones democráticas”, “conspiración destituyente” o cualquiera de esos dislates que algunos voceros oficialistas insinúan interesada y, hay que decirlo, cínicamente. Pero sería una ingenuidad pensar que se trata solamente de demandas parcial y abstractamente legítimas, y no de síntomas de un incipiente pero ya bastante profundo proceso de descomposición del sistema político en su actual andamiaje. Una vez más: no es tarea de la izquierda arreglar eso.

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Mural por Mariano Ferreyra

Fotos del Mural impulsado desde la Asamblea de Intelectuales, Docentes y Artistas en apoyo al FIT. 

En este link puede verse un video con un desarrollo paso a paso del mural.

 

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