El crimen social del Once y los dilemas del intelectual (Cynthia Daiban)

A propósito de una nota de Horacio González

El crimen social del Once y los dilemas del intelectual

Por Cynthia Daiban[i]

1 “El lenguaje siempre vacila, es lo que siempre y primero vacila. Decir tragedia, accidente o masacre no es lo mismo”. Así comienza una nota de Horacio Gonzáles referida a los sucesos en la estación de tren de Once. [1]

Ciertamente, no hay compresión de la realidad, ‘al menos para nosotros los hombres’, por fuera del lenguaje, salvo que se sostenga la posibilidad de una aprehensión inmediata de la misma por intuición intelectual. Pero se corre el riesgo —como diría Kant— de precipitarse ‘en obscuridades y contradicciones’ cuando uno decide recostarse unilateralmente del lado del lenguaje, convirtiéndolo todo en un asunto de orden lingüístico y perdiendo así ‘la piedra de toque’ en la experiencia del mundo sensible. La palabra es ya una práctica y una operación en el mundo. Sólo cuando es dicha, cuando sale del espacio de la interioridad de la conciencia comienza a existir, es entonces que se hace pública y pasa a estar allí, al alcance de todos. Al ser proferida o publicada deviene un hecho del mundo que produce sus efectos sobre los otros, he ahí su dimensión política. La palabra cuando es crítica adquiere una potencia, porque no consiste meramente en un decir que se realiza en la inmediatez de la ocurrencia y se pierde en la tentación de las metáforas, sino que se forja en la paciencia del concepto y requiere de un ejercicio de reflexión que busca esclarecer el orden social existente, y que no pierde de vista que su fin apunta a contribuir a su transformación. Por ello, sólo hay problema del lenguaje en el horizonte de su entrelazamiento con el mundo y con los otros. La dificultad no reside en nuestra capacidad de nombrar: “Somos desafortunados y no mucho más que usuarios infaustos de la capacidad de nombrar”, sino en nuestro poder de apropiarnos, mediante el lenguaje y la conceptualización, de aquella realidad en la que estamos inmersos para comprender el modo de su funcionamiento efectivo. En el idioma alemán se muestra de un modo directo esta relación entre palabra y acción, el término concepto (Begriff) tiene que ver con la acción de agarrar, de asir (greifen). Un concepto si no se aplica a lo dado en la intuición sensible resulta “vacío”. Surge en el ámbito del pensamiento, pero no para quedarse allí, sino para asir algo de la realidad material y poderla comprender (begreifen). Frente a la paciencia del concepto, que requiere un trabajo de reflexión, está la tentación de los juegos retóricos; y frente al decir crítico que apunta a la doble tarea de la elucidación y transformación, está un decir que disuelve la realidad que nombra.

¿Cómo saber cuál es la fórmula más adecuada para nombrar lo sucedido? ¿Será un “error humano”, una “falla técnica”, quizá la “culpa de las estructuras”, o habrá — es “terrible” pensarlo, pero es una posibilidad…— una “responsabilidad en los sacrificados”? La conciencia del intelectual vacila, pierde el rumbo y se extra-vía en la duda. Cuando ante un suceso como el de Once se parte de un problema del lenguaje (¿cuál será entre aquellos, el “sintagma” más apropiado…?) y no del análisis de los hechos, se puede terminar atrapado en estos dilemas. En el centro del ataque de Marx contra los ideólogos de la izquierda neohegeliana estaba la crítica a una posición que justamente se tenía por ser crítica, y hasta revolucionaria. Pero lejos en verdad de cualquier praxis transformadora, se limitaba a un ejercicio de especulación teórica expresada en formulaciones abstractas. Marx capta una verdad cuando, con su sarcasmo característico, termina asociando esa lucha de los intelectuales de izquierda con una empresa quijotesca, porque, en vez de combatir el mundo realmente existente, terminaban emprendiendo su gesta contra frases, contra “sombras de la realidad”.Sombras, pues sus conceptos resultaban abstractos y “vacíos”. Y cuando se pierde la piedra de toque en la experiencia… se cae “en oscuridades y contradicciones”.

Para sostenerse en un punto fijo y evitar entrar abiertamente en contradicción consigo mismo (pues, ¿cómo se sigue sosteniendo a la vez, y sin contradecirse, un rol de intelectual crítico y la sustracción, a la crítica, de un sector de la realidad, por caso, el que atañe a las acciones de gobierno?), qué mejor que el recurso a la ambigüedad y vaguedad. Los dilemas del hombre interior se confunden con los del lenguaje. Pero convengamos que per se el lenguaje no es lo que vacila, y que la vacilación no es una propiedad intrínseca que pertenecería a su esencia. Son los “usuarios”, los hablantes los que poseen la debilidad (¿o la virtud?) de ser vacilantes. De ahí que se haga necesario ir del lenguaje y sus vacilaciones hacia los sujetos que vacilan en su vida práctica y que por eso lo usan de modo vacilante.

Es cierto que inmediatamente en la nota se pasa del lenguaje y sus vacilaciones al sujeto: “Somos ciudadanos que pendulamos –si preferimos no ver nuestro lenguaje como un ejercicio político sistemático– entre el error humano y la culpabilidad de las estructuras”. Aunque al sujeto apenas convocado, se lo vuelve a desalojar alienándolo en las redes del lenguaje. Sostener que “pendulamos” por preferir “no ver el lenguaje como ejercicio político” es volver a excluir al sujeto y tratar al lenguaje como un sistema de usos y no ya como el lugar de anclaje de los sujetos en el mundo social y político, en la realidad efectiva de las relaciones con los otros y sus acciones.

Descartes emprende el camino de la duda, pero lo hace como método, para arribar a un punto fijo y seguro: a una verdad inconmovible y absoluta. Sólo que mientras permanezca encerrado en el cogito tendrá únicamente certeza interior, y el mundo a merced de un genio maligno, seguirá siendo para él absolutamente incierto e imprevisible, reacio a toda previsión humana, a la posibilidad de anticipación, a la causalidad.

En nuestra existencia, en cambio, no hallaremos nunca tal punto arquimédico. Siempre vacilamos, no tenemos bajo nuestros pies un suelo firme. Caemos de continuo en “un debate interno”, pero no “con nuestro diccionario disponible” o con lo que nos dicen los medios, sino con nuestras adhesiones o nuestros rechazos. El dilema es más hondo, reside en que pese a esa vacilación y en un mundo que no da garantías a nuestras intenciones cuando se objetivan, el hombre debe sin embargo decidir y actuar. Tomar partido. Y el riesgo siempre latente de equivocarse no se resuelve queriendo encontrar nuestras palabras “revolviendo el bolsillo de un saco”. El problema, de nuevo, no es que no sabemos cómo nombrar lo sucedido (como si estuviéramos ante un “abismo”), sino que preferimos vernos excluidos de tener que enfrentarnos a él; haber sido un espectador puede servir de refugio (“los hechos de la estación Once…los vi mientras me cortaban el pelo en una peluquería. Me pareció primero una transmisión de Orson Welles –aquel célebre ejercicio de simulación de una guerra de los mundos–. No podía creer que estuviera ocurriendo eso”).

Si siempre vacilamos, no siempre pendulamos. Para que el péndulo pueda oscilar de una posición a otra se requiere, por el contrario, de un punto fijo: “pendulamos… entre el error humano y la culpabilidad de las estructuras, de los ensambles institucionales, de las administraciones”. Y además, ¿por qué se nos propone estas alternativas entre las cuales pendular y no otras? Entre todos los sintagmas mencionados en la nota sobre las causas de lo sucedido, aparentemente no se toma partido por ninguna. “error humano”, “falla técnica”, “falla estructural”, “culpables Institucionales”. “accidente”, “tragedia”… son las frases que circulan, los clisés que los medios reproducen, lo que se opina por ahí. En verdad el autor se sumerge en la ambigüedad como modo de administrar las contradicciones y así logra (o al menos cree) eludir una definición. Porque hay una toma de posición que consiste en escamotear o hacer aparecer mediante un rodeo una de las alternativas para eximirla: la responsabilidad de un gobierno con el que se quiere mantener fidelidad.

Esta denegación de un sector de la realidad para salvarlo de la crítica, junto a la necesidad de preservar el lugar de pensador crítico y reflexivo, enemigo de dicotomías fáciles y sensible a la inabarcable complejidad de los fenómenos, tal vez sea lo que lo induzca a la astucia de este deslizamiento confuso por la cadena significante allí donde se trata, en verdad, de determinar la cadena de responsabilidades.

Mientras el intelectual se devana entre vacilar y pendular frente al lenguaje, sin poder encontrar las palabras para nombrar lo sucedido: “Nunca hay palabras preparadas para abordar un abismo” (¿error, falla, culpa de alguna estructura?), los familiares de las víctimas no vacilan. Hablan claro, sin ambigüedades planificadas. No necesitan revolver el bolsillo de ningún saco para hallar las palabras justas, para decir que esto era una tragedia “anticipada” o un crimen. Es que no tienen margen para pendular. No son como el burgués, sino como el proletario a quien no le queda nada por perder porque lo ha perdido todo.

Pero convengamos también que para tomar una posición clara frente a la realidad no hace falta ser familiar, estar involucrado de algún modo en el hecho, haberlo sufrido en carne propia, o haberlo vivido directamente. También quien lo ha visto por tevé desde una peluquería, quien no tiene con frecuencia la experiencia de viajar en tren, puede comprender, puede saber, puede juzgar, condenar desde la política y reclamar el castigo de los culpables, sean éstos propios o ajenos, amigos o no tanto.

No hace falta un ejercicio político sistemático para dejar de pendular, basta con dejar de justificar lo injustificable. “La gradación de nuestras frases va subiendo y bajando en un ejercicio de reubicación de nuestra conciencia”. Frase que deja ver cómo se oculta la propia pendulación en la sombra del dilema. Pero en los familiares, en los usuarios cotidianos del tren, en los trabajadores ferroviarios, nada hay de esto, su discurso no es un sube y baja, hablan claro, no hay debate interior. Su conciencia está ubicada: saben quiénes son las víctimas, quiénes los responsables. Imposible que los familiares confundan a las víctimas con culpables, como deslizó la ministra Garré en un comunicado calificado de “vil, bajo, bastardo y canalla” por la familia de Lucas. Imposible que por su cabeza se cruce la idea, aún especulativa, de una remota posibilidad de que “los sacrificados” pudieran tener alguna responsabilidad: “…nuestra conciencia cívica improvisada. Ella querría suponer que lo que ocurrió no hubiera ocurrido, indagar si terriblemente hubiera habido una remota responsabilidad en los sacrificados”.

Podría creerse que frente a la vacilación y la duda, la pericia es un recurso que proporciona certezas, sin embargo es un arma de doble filo. Están los que acuden a ella con la esperanza de poder atribuir el hecho al error humano, al motorman, exculpando a los propios. En el mejor de los casos sólo sirve para confirmar, y poder sancionar en el terreno jurídico, lo que ya se sabe, porque la fuente para unos y otros es la misma, en el ámbito de la experiencia de las ocurrencias objetivas. La pericia vale en el terreno del Derecho como prueba para la condena. En política, la cuestión se invierte, la prueba es la condena colectiva. Cuando los familiares de las víctimas dicen que fue “un desastre previsible y no un accidente” —como insiste tanto el ministro De Vido— o una “tragedia anunciada”, no es como consecuencia de haber buscado la palabra adecuada, de haber elegido —como el Dios de Leibniz— el mejor término entre un repertorio de posibles. Se tiene la voluntad de hablar claro, porque se sabe que el calificativo de «previsible» y de «anunciado», desnuda que lo de Once se podía haber previsto y, por lo tanto, era evitable; y esto acarrea graves consecuencias políticas.

Efectos políticos que implican apuntar a la cadena de responsabilidades y un análisis de las causas que no podrán agotarse en el eslabón débil del “error humano” o la “falla técnica”. «Previsible», «anunciada», calificativos significativamente ausentes en la nota que comentamos, donde se emplea el término “tragedia”, pero con añadidos que buscan iluminar una retórica, como el de fogonazo: “El fogonazo de la tragedia lo ilumina todo, y también a nuestra lengua ociosa”; y evidentemente desterrados de los discursos provenientes desde las esferas oficiales. La razón es obvia, al reconocer su carácter de «previsible» se estarían auto-implicando, cuando la estrategia viene siendo la de la auto-victimización.

La tragedia entendida como destino ineluctable, ya trazado pero desconocido por los hombres, ‘juguetes de los dioses’, que obran lo inevitable a su pesar, no es el tipo de tragedia que acaba de ocurrir en Once, porque ésta se podía evitar, anticipar con la simple inspección y supervisión, casi aplicando el sentido común y el principio de causalidad que rige todo mínimo conocimiento técnico, y porque aquí los agentes, los responsables de prestar el servicio y de subsidiarlo, disponían de libertad para decidir y actuar. La sola denominación de tragedia a secas para caracterizar lo ocurrido en Once es abusiva.

“Nunca hay palabras preparadas para abordar un abismo… Somos desafortunados y no mucho más que usuarios infaustos de la capacidad de nombrar, sobre todo si algo oscuro se nos retuerce –como el hierro retorcido de las tragedias contemporáneas– en el interior de nuestra conciencia cívica improvisada”. Comenzar por un problema del lenguaje ante un suceso como el de Once es invertir el modo de enfocar la realidad, escaparle a las causas que lo hicieron posible y evitar expedirse sobre los responsables. Son los hombres y mujeres de carne y hueso los que no están, ni deberían estarlo nunca, preparados para morir aplastados entre los hierros por tener que viajar en esos trenes a su trabajo. Y si las palabras no están preparadas, y si somos usuarios infaustos del lenguaje, el rol del intelectual no puede consistir en desertar de una tarea reflexiva sobre los fenómenos, aún si su complejidad lo obligase a una indagación inacabada y siempre provisional.

Como se ve, los juegos con el lenguaje no se limitan a lo meramente lúdico, ni al juego con las palabas. Foucault decía que los discursos son bloques tácticos en el campo de las relaciones de fuerza. En estos discursos de los intelectuales hay también cálculo, intenciones, objetivos; lo que se calla o se dice, lo que muestra u oculta (acciones, intenciones y responsabilidades concretas); se inscriben en una estrategia, como también lo hace el recurso a la ambigüedad o el refugio en el ‘carácter vacilante del lenguaje’.

2 “Escuchamos declaraciones de los funcionarios de las áreas involucradas. Y la búsqueda de Antígona del familiar fallecido a las puertas de la ciudad. Nunca hay palabras preparadas para abordar un abismo. Nos sale en esas ocasiones lo que realmente somos”. Al hablar de la “búsqueda” de Antígona, en un intento por parangonar ambas tragedias, se comete una asociación fallida. Antígona no emprende ninguna “búsqueda” de su hermano, sabe dónde está desde un inicio. Declarado traidor por Creonte, por haberse levantado en armas contra su patria, yace insepulto en las afueras de la ciudad. Lucas, en cambio, no se sabe dónde está durante dos días eternos, su familia debe emprender una búsqueda dramática y desesperada.

El “familiar fallecido”. Curiosa palabra elegida para nombrar, en este parangón, el destino trágico de Polinices y de Lucas, estos dos cuerpos jóvenes. Se fallece cuando se llega al fin de la vida en la vejez o la enfermedad. Pero aquí no hay un proceso gradual dedesfallecimiento al fin del cual se deja la vida. Hay una interrupción.

“Cuando un individuo hace a otro individuo un perjuicio tal que le causa la muerte, decimos que es un homicidio; si el autor obra premeditadamente, consideramos su acto como un crimen. Pero cuando la sociedad pone a centenares de proletarios en una situación tal que son necesariamente expuestos a una muerte prematura y anormal, a una muerte tan violenta como la muerte por la espada o por la bala”, a esto hay que llamarlo —decía Engels— crimen social (La situación de la clase obrera en Inglaterra, p. 155)[2]. No hubo en Once una acción armada, planificada y deliberada, con el fin de matar. Por ello, no se puede hablar aquí demasacre. Crimen social. Se trata de un exponer a la muerte y de un saber previo: así como sabe que el agua contaminada por las mineras produce enfermedades que matan, también se sabe que la falta de mantenimiento en los transportes públicos puede matar. Se trata de un saber de lo que podía ocurrir sin necesidad de “notificación al Ejecutivo”, de un ‘haber tomado nota’ y un estar notificado antes de haberlo sido formalmente y, pese a esto, un dejar subsistir las condiciones que envolvían un “vago peligro” que, al consumarse, lo hizo con el rostro de la muerte. Y se trata, también, de un dejar hacer y un permitir a quienes, en pos de reproducir su ganancia, exponen a otros a ese final prematuro.

En ambos casos estamos ante vidas arrancadas de modo prematuro. Polinices no fallece simplemente, si así fuera no habría habido tragedia. Muere, él sí, por la espada. Enfrentado a su hermano, se matan mutuamente. Lucas no fallece simplemente. Es arrancado de su vida prematuramente por un “desastre previsible” —como dijeron sus familiares— ocurrido en plena ciudad y con responsables que lo podrían haber evitado. El resultado era previsible y anticipable. Hubiera podido también ser evitable, dado que no existe un destino prefijado, y que hay historia. Aunque ésta —como enseñaba Marx—la hacen los hombres, pero bajo condiciones materiales que no eligen. Lo que convierte al hecho de Once en inevitable fueron determinadas condiciones estructurales —entretejidas de intereses empresariales, burocráticos sindicales y gubernamentales. Es esta espesa trama de complicidades lo que expone a la muerte a decenas, y a miles de personas. Es la que convirtió un desenlace evitable en una tragedia inevitable. Si hay aquí una tragedia como destino ineluctable, no es en la estación terminal que se hace presente, sino al inicio del recorrido. Reside en el hecho de que este joven trabajador, al igual que otros cientos de miles, no podía no viajar todos los días a su trabajo en ese tren en condiciones indignantes de hacinamiento y de seguridad deficientes.

Y ahora nos acercamos al momento en que la asociación fallida termina por decir algo, devela un enlace oculto entre las dos tragedias, la de Antígona y la de Once: lo que las une no es la “búsqueda” de un cuerpo, sino su abandono, en un caso por decisión expresa y en el otro por omisión, del poder del estado. El cadáver de Polinices, abandonado a la rapacidad de los animales, al quedar insepulto por decisión de Creonte, rey de Tebas. El cuerpo de Lucas abandonado por las autoridades al no haberse extremado su búsqueda (eran sólo 8 vagones…) y abandonada su familia durante su búsqueda desesperada, en las entrañas de la polis y no en las afueras de la ciudad, por más de 50 horas.

Cuando se permite que subsistan las condiciones para que se produzca una tragedia anticipada como la de Once; cuando no sólo se mira hacia otro lado frente a las condiciones inseguras en que los trabajadores viajan diariamente, sino que se aumentan los subsidios sin controlar la inversión de la empresa ni el “abandono” en que deja los trenes; cuando todo esto se sabe, porque existen innumerables denuncias sobre el estado calamitoso de trenes y vías, quejas reiteradas de los usuarios (que vienen sufriendo “accidentes”) y de los trabajadores ferroviarios, y, pese a todo esto, se deja que siga ocurriendo, ¿cómo se denomina esta situación, “accidente” —como insiste el ministro de planificación De Vido—, “tragedia”? ¿Tal vez “hecatombe” o “cataclismo”?

“Nunca hay palabras preparadas para abordar un abismo”, pero a veces algo nos sale: “cataclismo radical”, “hecatombe urbana”. Curiosos términos, éstos también, para referirse a lo sucedido en Once. Nos remontamos de nuevo a la antigua Grecia, hekaton bous: sacrificio de cien bueyes. Término que luego pasa a significar también un gran sacrificio de seres humanos. No es casual, así, que se nos hable luego de los “sacrificados” a los que, tal vez, les podría caber alguna “remota responsabilidad”. Pero esta remota idea aparece en la nota sólo como un supuesto que se recoge por allí y se pone en boca de “nuestra conciencia cívica improvisada”: “Ella querría suponer que lo que ocurrió no hubiera ocurrido, indagar si terriblemente hubiera habido una remota responsabilidad en los sacrificados”. Sacrificados responsables, quizá, de su sacrificio. Otro intento de conversión de la “víctima en culpable”.

Pero el sacrificio, en el caso de lo de Once, no se produce al final de ese fatídico viaje en tren. Se encuentra al inicio y todos los días, en una infernal repetición que rememora los castigos sin fin de los mitos griegos. Es el sacrificio de los sacrificables, el sacrificio de quienes no pudieron ni pueden elegir no viajar cada día, ‘como ganado’. Homo sacer, aquel a quien es lícito exponerlo a la violencia, a la posibilidad siempre latente de sufrir una muerte ‘prematura y anormal’. «sacrificar», no sólo en su acepción de hacer sacrificios, sino también en la de poner a alguien en algún riesgo o trabajo, abandonarlo a la muerte, destrucción o daño, en provecho de un fin o interés estimado de mayor prioridad. Nos rencontramos con la idea del poder soberano y el abandono de los cuerpos, ahora decuerpos vivos expuestos a la muerte. abandono de los sacrificados/sacrificables en pos de defender un interés (la ganancia capitalista). Y la lista se ensancha, si se consideran las otras alianzas entre el gobierno y grandes corporaciones como las mineras. Luego, nos encontramos en la nota con algo opuesto al sacrificio que implica una acción emprendida de modo intencional por un agente: con un “cataclismo”, una fuerza se desata y produce un trastorno (“Poco sabemos, muchos de nosotros, sobre lo que es un acontecimiento colectivo que se resuelve en un cataclismo radical, que trastoca súbitamente la existencia de los que lo vivieron”).

En efecto, decir “hecatombe” o “cataclismo”, “decir tragedia, accidente o masacre no es lo mismo”, menos si nos hallamos ante uncrimen social.

3 El autor de la nota pone en boca de “nuestra conciencia cívica improvisada” posibles causas y responsables de lo ocurrido en Once, “error humano”, “falla técnica”, “culpabilidad de las estructuras, económicas, financieras, más o menos anónimas”, “culpabilidad de los ensambles institucionales, de las administraciones”, “responsabilidad de los sacrificados”. Sin embargo, nuestra conciencia improvisada no se limita a estas fórmulas abstractas sobre la culpabilidad. Les da una concreción que se expresa en imputaciones precisas.

Interrogar por la causa de un hecho lleva a preguntar por los “culpables” o “responsables”. «causa», en su origen remite a un registro jurídico (aitía: imputación, acusación, causa; aitéo: acuso. J’accuse). por qué ocurre un hecho, cuál es su razón o motivo. A quién se le imputa; quién ‘tiene la responsabilidad’ (aitían ejein), o la “culpa”; quién resulta ‘ser acusado’ (aitían pheresthai). En uno y otro caso se usa aitía. Causa y culpa confluyen en un punto. Pero a su vez, es preciso deslindar las cadenas causales de un suceso, de las cadenas de culpabilidad y responsabilidad. La causa que produce un efecto, el “culpable”, puede ser alguien animado o una cosa inanimada, una persona o el granizo que rompe un techo. En el mundo humano ‘tener la culpa’ implica no sólo ser causante de un hecho, sino que se deba pagar por ello, cosa que no ocurre con el granizo.

Puede atribuirse lo ocurrido en Once a la “culpabilidad” de estructuras “más o menos anónimas”, sólo que esta imputación resulta abstracta. Para hacerla efectiva aquellas deben dejar de ser anónimas. A una estructura no se la puede sentar en el banquillo de los acusados, someterla a juicio y mandarla a prisión.

Aún sin disponer de las pericias, permaneciendo en estado de ignorancia respecto a las pruebas técnicas, y dado que no estamos ante un “abismo” que hace vacilar nuestro decir, sino ante un hecho que pone al desnudo el tipo de sociedad en que vivimos, es posible, y más aún, necesario decir claro y trazar la cadena de responsabilidades en la cual las posibles causas antes mencionadas no son equivalentes, y por ello tampoco las culpas se aplican por igual.

Están las causas que preexisten al hecho y las que lo desencadenan. Error humano o falla técnica apuntan a éstas últimas, son las que podemos considerar inmediatas y aparentes. En cambio, sin las otras, las mediatas y verdaderas, el hecho no habría podido ocurrir tal como aconteció.

Un suceso como el de Once supone una cadena de responsabilidades y un encadenamiento de hechos, para poder ser esclarecido es necesario ir a sus causas verdaderas.

4 En la nota reza una descripción: “Una terminal de trenes es un gran hangar de vidas multitudinarias apretadas, rápidas, condensadas en un vago peligro que a veces se consuma” ¿Cuál es ese vago peligro consumable, esa espada de Damocles que cuelga sobre las cabezas de una multitud condensada en un hangar ferroviario? Si se habla de vidas multitudinarias apretadas, rápidas, condensadas y el modo particular en que acostumbran a viajar en tren surgen nuevas preguntas: ¿por qué la gente se aprieta en un tren y por qué sobre todo en «horas pico» (y qué quiere decir este sintagma)? ¿Por qué esa conducta de la gente de comprimirse en especial en determinados vagones? ¿Y por qué lleva esa vida rápida, tan apurada? La nota describe al pasar estos fenómenos de la vida moderna en las grandes metrópolis, pero no los explica.

¿Cómo despejar estos interrogantes? Las vidas multitudinarias no se aprietan en los dos primeros vagones por obra de un instinto gregario, ni se sincronizan en un lugar del tiempo-espacio por efecto de una armonía preestablecida. Pero Schiavi tiene su explicación nac & pop sobre la idiosincrasia y la cultura de los argentinos: en los días laborables se agolpan en los primeros vagones, en cambio en los feriados no; hay “una cultura muy argentina” que consiste en apretarse todos adelante “para bajar primero y llegar antes”; sucede –explica con sapiencia Schiavi– que los argentinos hacen esto “para pasar antes y no hacer cola”. Si hubiera buscado burlarse de los que imperiosamente necesitan viajar en tren no lo habría podido hacer mejor.

Los hechos son simples como lo es su lectura y comprensión cuando no hay nada que ocultar. No hay enigmas sobre lo que sucede con los cuerpos (el andar rápido, el amontonamiento, el estar en peligro). La gente viaja a la misma hora porque tiene que ir a trabajar, se agolpa en los primeros vagones porque el viaje no termina en la estación de tren, sino que se continúa en el subte o en el colectivo, en las mismas condiciones hacinadas. Se tiene que llegar a tiempo para marcar el reloj del presentismo, en la obra, en la fábrica, en la oficina. El vago peligro, lo que mantiene en vilo a los trabajadores y los obliga a llevar esas vidas rápidas, condensadasy apretadas, lo que los condena cotidianamente a comprimirse en los trenes, son las relaciones sociales capitalistas en las que impera la explotación del trabajador y la ganancia del patrón.

Más serio o más salvaje, más humano o inhumano, las sociedades donde rige el sistema capitalista perpetúan día a día un crimen. Un tipo de crimen que Engels denominó «crimen social». En La situación de la clase obrera en Inglaterra decía que cuando “la sociedad” —esto es, el “poder de la sociedad”, es decir, “la clase que posee actualmente el poder político y social, y por tanto es responsable también de la situación de aquellos que no participan en el poder”— “sabe, cuando ella sabe demasiado bien que esos millares de seres humanos serán víctimas de esas condiciones de existencia, y sin embargo permite que subsistan”, cuando“sabe hasta qué punto semejante situación daña la salud y la existencia de los trabajadores, y sin embargo no hace nada para mejorarla”, “entonces lo que se comete es un crimen”. Se trata de un crimen parecido al cometido por un individuo pero “más disimulado y pérfido, porque no se ve al asesino y la muerte de la víctima parece natural y que es pecar menos por comisión que por omisión. Pero no por ello es menos un crimen” (p. 156). Hay momentos en que este crimen que se viene cometiendo sin descanso, día a día, a cuentagotas, que se va consumando vagamente, sigilosamente, en nuestras sociedades mercantilizadas, dominadas por el capital, dejando sus muertos en dosis homeopáticas, de golpe sale a la luz de modo terrible. Este es el caso delcrimen anticipado ocurrido el miércoles 22 de febrero en la estación de tren de Once, a la hora en que los trabajadores se ponen en movimiento para ir a sus trabajos.


[1] Nota aparecida en Página 12, el domingo 26 de febrero. Sitio web: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-188364-2012-02-26.html.

[2] Debemos este concepto a un integrante de la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT, Gonzalo Sanz Cerbino, (Cf. http://www.razonyrevolucion.org/secciones/crimenes/31cerbino.pdf). Cf. también el comunicado de la Asamblea sobre el crimen de Once: “Ante el crimen social de Once”, 25 de febrero de 2012. Sitio Web:https://asambleadeintelectualesfit.wordpress.com/2012/02/25/ante-el-crimen-social-de-once/ .


[i] Docente de la Fac. de Cs. Sociales, UBA y miembro de la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT.

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Acerca de asambleafit

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Una respuesta a El crimen social del Once y los dilemas del intelectual (Cynthia Daiban)

  1. asambleafit dijo:

    Muy bueno el texto. Acá la única tragedia fue el texto de Horacio González.
    Hernán Díaz

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