Con la democracia se come, se cura, se educa, pero no se aborta (por Mabel Bellucci)

El año 1983 significó el triunfo del presidente Raúl Alfonsín. Conquistas de demandas largamente esperadas y otras urgidas por recuperar, retornaron ante las expectativas de amplios sectores de la sociedad. Desde ya se presentaba un clima político totalmente propicio para la apertura de debates, mientras una agenda feminista impulsó lo viejo y lo nuevo. Así, un número considerable de mujeres acompañaron al gobierno constitucional, estimuladas a democratizar las instituciones en los lugares de administración y gestión y también en las instancias resolutivas.
Sea en los partidos, sindicatos, Parlamento, universidades o estamento de los tres poderes del Estado, ellas apostaron que con su ingreso se garantizaba la conquista de gran parte de sus reivindicaciones específicas. Una buena cantidad de sus planteos recibieron una bienvenida, excepto uno que, en un suspirar, fue desalojado de la vitrina: el derecho al aborto. Más adelante, será el lesbianismo el tema segregado por las miras del poder, como elección sexoafectiva y política de las mujeres.
Sin embargo, los feminismos históricos suponían que las metodologías implementadas en hacer visible lo que era invisible para la sociedad estaban dando sus frutos. De cualquier manera, adquirieron un plus de valor en la construcción de lo institucional, favorecidas por el incansable agitar y la permanente denuncia durante el terrorismo de Estado, del movimiento de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Fueron ellas las que situaron en el centro de la polis el protagonismo de las mujeres. Suele decirse que la resistencia a la dictadura fue femenina. Su trayectoria dimensionó la inscripción de las mujeres en la esfera política. También cabe recordar las madres de los soldados que pelearon en la guerra de las Malvinas y aquellas anónimas que fueron piezas claves en las estrategias familiares de vida frente a la crisis económica de los años ’80, a partir de su concurrencia en organizaciones barriales y en el Movimiento de Amas de Casa.
Con escasa comunicación con el exterior, sin llegada a la nueva bibliografía feminista que rondaba por Occidente ni a lo que se estaba desplegando en América latina y en el resto del mundo, pero desde una esperanza, el feminismo local salió de los escombros. Renacieron, con la vehemencia propia de un sismo, agrupaciones feministas y de mujeres. Un territorio distinto se comenzó a diseñar con el aporte de las que volvieron del exilio, el de aquellas que dieron el puntapié inicial desde el “exilio interno” y finalmente, con tantas otras sin trayectoria política anterior, que tampoco se sintieron atraídas por las estructuras jerárquicas de los partidos, pero sí por la dinámica autogestiva de las nuevas sedes feministas. Con todo eso y algo más, se configuró el mapa inicial de lo que más adelante se conocería como el movimiento de mujeres. Quizá, en ese clima fervoroso, prendió una lógica por alcanzar lo posible y, un poco más, lo permitido. Todo debate político sobre la construcción del placer o la decisión sobre el propio cuerpo no tuvo lugar dentro de la retórica de las funcionarias incorporadas a los estamentos estatales. Este modo preciso de intervención en la esfera de lo representativo, en tanto regulaciones legales y apertura al discurso oficial, no necesariamente conllevaría a subvertir las miradas del orden.
La teórica Silvia Chejter en su revista Travesías, dedicada al feminismo de los años ’80, analiza con precisión lo acontecido a lo largo de esa década: “Hubo intentos de formar coordinadoras feministas, que no prosperaron por enfrentamientos políticos, disputas de liderazgos o disensos sobre qué hacer. Hubo, en cambio, espacios de trabajo compartido, ya sea a través de temas convocantes como patria potestad, la lucha contra la violencia, la legalización del divorcio, las primeras conmemoraciones del 8 de marzo y la formación de La Multisectorial”. En aquel tiempo, las principales referentes de ese feminismo en ebullición delimitaron su campo de acción y de diálogo básicamente con dos interlocutores. Por un lado, el Estado en cuanto al reclamo de derechos civiles y políticos. Por el otro, la búsqueda de reconocimiento por parte de la sociedad en general y de las mujeres en particular.
Frente a estas formas, fue previsible el posicionamiento de distintas agrupaciones feministas con el objetivo de determinar cuál sería el plazo oportuno para plantear sus peticiones relacionadas con las sexualidades. Por ejemplo, muchas de ellas, nacidas al calor de la coyuntura, consideraban desacertado demandar por cuestiones que parecían impugnables y descontextualizados frente a los dilemas heredados de la sangrienta dictadura cívico militar. Si bien a finales de 1982, dos agrupaciones que ya venían batallando como la Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer (ATEM) 25 de noviembre junto con el Centro de Estudios Sociales de la Mujer Argentina (Cesma) organizaron las primeras jornadas nacionales La Mujer y la Familia, en las cuales se abordó el aborto. El planteo fue el siguiente: “Debe legalizarse por constituir una realidad generalizada, clandestina y discriminatoria según las posibilidades económicas. Es un hecho que se torna más violento para la mujer teniendo en cuenta las deplorables condiciones en que se realiza en la mayoría de los casos”. Asimismo, para ese año apareció un libro, cabecera de toda una generación, El género mujer, de la escritora Leonor Calvera. En el capítulo VIII, Hoy el Futuro, trata el tema junto con la anticoncepción.
En efecto, exceptuando estos casos puntuales, el aborto continuó sin ser presentado en sociedad. Si en aquellos instantes llamar al sexo sin tapujos cuestionaba lo imperante, convocar a la lucha para no proseguir un embarazo resultaba un discurso inviable. Las activistas más públicas pedían plazos y, a la vez, postergaban la discusión. En términos estratégicos, buscaban provocar un impacto político acompañado por una repercusión mediática trascendente, pero sin que nada de ello sonase disruptivo. A un amplio espectro del feminismo le importaba tanto permear como ingresar masivamente a las instituciones, aunque debía hacerse con cierta reserva. Ciertamente, no era fácil llevar a cabo este desafío. Tampoco lo fue para las feministas: si bien la heterogeneidad de criterios enriqueció el debate, también encarnó una disparidad en las propuestas de acción. Por caso, hubo quienes consideraron necesario introducirlo con mayor cautela y otras que plantearon estrategias de ruptura con los modelos establecidos.
Con los primeros pasos de la democracia constitucional, abrió sus puertas el histórico Lugar de Mujer. Autogestionado y financiado por sus seguidoras, se autodefinía como un espacio de orientación feminista. Y enseguida, bajo un clima de entusiasmo, indignación y solidaridad, en diciembre de ese año se organizó la Multisectorial de la Mujer, colectivo, de una magnitud significativa, en tanto convocaba a sectores diversos de partidos políticos, sindicatos, organizaciones de derechos humanos, religiosas, amas de casa, agrupaciones feministas y de mujeres, entre otras más, que confluían en una misma dirección. Entre sus filas participaban ATEM, Reunión de Mujeres, Conciencia, Amas de Casa del País y la Asociación Argentina de Mujeres de Carreras Jurídicas. Pero no toda su atención se posaba en demandas clásicas con legado histórico, como era el derecho al aborto, sino proponían campañas de corte social a modo de conexión entre los temas económicos y los de género. Asimismo, la agenda feminista fue cruzada por las urgencias de los organismos de derechos humanos. Por esa razón, las acciones y campañas contra la violencia hacia ellas estimularon la convergencia táctica de los feminismos. El lema de la época era “La violencia contra la mujer es también una violación a los derechos humanos”. Si bien los efectos del terrorismo de Estado sensibilizaron a estas activistas para comprender las otras formas de agresión, tanto social como privada que atraviesan sus congéneres, no obstante, en esa ecuación no ingresó la brutalidad que implica el aborto clandestino.
El aborto salió de las catacumbas

El 8 de marzo de 1984 cayó jueves y fue soleado. La Plaza del Congreso, exactamente frente al Parlamento, se colmó de mujeres de toda rancia: las famosas del feminismo y de la política partidaria, las legendarias que hicieron historia y también las caras conocidas del espectáculo local. Entre tanto revoltijo, María Elena Oddone, una valerosa luchadora del feminismo setentista, ama de casa y paqueta de Barrio Norte, con trajecito entallado blanco y con una cartera de marca colgada del brazo, hizo lo que ninguna otra pudo hacer por más que apareciese vestida de guerrillera o de punk. Subió las escaleras del Monumento de los Dos Congresos, cual estrella de Hollywood a recibir su Oscar, y con orgullo alzó con sus dos manos la pancarta, que decía: “No a la Maternidad, sí al placer”. Aún hoy ese lema provocaría el escándalo que incitó en aquella época.
Entre tanta multitud flameaban las consignas más sentidas del feminismo radical como un hecho de todos los días: Aborto Libre; Nosotras parimos, nosotras decidimos; Despenalizar el aborto ya; Basta de falocracia; Reivindiquemos el clítoris. Mientras, las integrantes de ATEM repartían volantes alusivos: “No queremos abortar, pero tampoco queremos morir de aborto” y los carteles de Lugar de Mujer repetían aquellos reclamos y otros nuevos también. Pese a ese evento inaugural, en el cual los carteles y las banderas más controvertidas para la época aludían al aborto y a la no maternidad, durante los primeros años de la democracia siguió siendo un tema cuasi tabú, carente de toda discusión abierta tanto por parte de las organizaciones feministas como por parte de las instituciones públicas. Así fuere la Multisectorial de la Mujer, el CEM o Lugar de Mujer, el aborto no asomó como un punto a ser levantado en sus consideraciones a demandar. Es más, no surgió con la virulencia del pasado y, menos aún, con la claridad reivindicativa de las feministas de antes. No obstante, ciertos grupos volvieron al rodeo sin obtener resultados favorables desde el momento en que se lo omitió en el punteo de apelación de La Multisectorial, a lo largo de más de seis años. En cuanto a las activistas próximas al oficialismo y coaliciones cercanas, junto con otras tantas, sostenían posiciones mesuradas, quizá no priorizaban el cuerpo de las mujeres como un territorio en pugna. En cambio, en el interior de algunas agrupaciones, la polémica estaba presente pero de puertas para adentro.
El proceso de institucionalización de las feministas llevó a confinar dicha demanda entre bambalinas. Eso fue así pero no impidió a numerosas activistas prestar batalla y resistir la violencia que significaba no sólo su omisión pública sino también dentro de sus propias filas. Ello llevó a reconocer una marca de época: no todas estaban dispuestas a encararlo con la misma responsabilidad política que sí lo hacían con otras cuestiones vinculadas a la violencia y también al cuerpo y que les exigía un compromiso de actualización teórica que generó una profesionalización de temáticas, en especial, con respecto a la violencia de género. No está de más repetirlo: tanto el aborto como el lesbianismo fueron discriminados pero, de manera tácita, a sabiendas que frente a la exposición mediática de las referentes feministas quedaba al descubierto ese operativo de ocultamiento de ambas cuestiones.
Por lo visto, no sólo la Iglesia y el Estado penalizan lo suficiente a sus víctimas. Además hay que estar pendientes de toda una serie de excusas que a la larga se convierten en infranqueables cuando se logra a duras penas desplazar una piedra, nada más.

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