Discurso sobre la multiplicación de los panes (la pobreza) y los panteones (los héroes) (por José C. Villarruel)

“Fama, esa diosa tan codiciada, posee varios rostros, y la fama viene en muchas formas y tamaños: desde la notoriedad de la historia principal de alguna revista que dura una semana hasta el esplendor de un nombre que perdura para siempre. La fama póstuma es uno de los artículos más raros y menos deseados de la Fama, a pesar de que es menos arbitraria y a menudo más sólida que los otros tipos, dado que sólo rara vez se concede como mera mercancía. El que más pudo ganar está muerto y por lo tanto, no a la venta”.
Hannah Arendt. Hombres en tiempos de oscuridad.

Una extensa literatura se ha inclinado desde la antigüedad greco-romana a los estudios de largo período en ocasión de la formación de los Estados y de los análisis de coyuntura en relación a las crisis políticas. Conforman una trama íntima con ese modelo los diferentes tipos de liderazgo que corresponden a las formas de gobierno, a la presencia de un individuo colectivo que, abandonando sus condiciones particulares, se proyecta sobre el escenario de la historia universal. Heródoto escribía aprisionado por la ausencia de categorías para aprehender las perspectivas más generales en tanto que Tucídides en la Historia de la Guerra del Peloponeso ya razona en dirección de una epistemología[1]. El pasaje hacia estructuras sociales y políticas más comprensivas  recién se realiza en tiempos de Polibio. Allí, asoma una filosofía que acude a la interpretación de la totalidad del mundo mediterráneo dónde desaparece el registro de la vida episódica de los pueblos en favor de la comparación y la confrontación que permite una comprensión en la unidad de cada uno de ellos. En este espacio ampliado por la hegemonía romana surgirán otras preocupaciones que ya se habían esbozado en La República de Platón escrita en torno de 395 a.C.: las condiciones cíclicas del pasado que se descubren en el pasado y permiten enunciar un futuro en la degradación de las estructuras de gobierno a las que no son ajenas la Fortuna o, si prefiere, el azar o el destino en el obrar de los hombres de acción que ya se presentan como un núcleo esencial en la explicación de los hechos.
Estas inquietudes de la antigüedad clásica fueron reelaboradas durante el renacimiento italiano en ocasión de las reflexiones de Maquiavelo sobre la estructura del Estado y del gobierno y tampoco son ajenas a Montesquieu. En cuánto a la cuestión de la función de los grandes hombres en la historia, su exposición sistemática fue encarada por idealismo alemán, en particular, Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) en La Fenomenología del Espíritu (1807) y en La filosofía de la historia universal cuyo manuscrito se remonta a 1830 y su edición póstuma a 1837. Para el propósito de estas notas el interés sobre la influencia de Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) se destaca sobre el restante autor de esta tríada, Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling (1775-1854). Habrían de ejercer en dirección de la reducción de la realidad existente a una cuestión espiritual que acarrearía consecuencias políticas inmediatas y que, muy tempranamente, derivarían en el nacionalismo y en la cuestión del Estado prusiano.
Los catorce Discursos a la nación alemana escritos por Fichte, entre 1807 y 1808 durante la ocupación francesa de Berlín, brindaron la ocasión no sólo para denunciar el alejamiento de Napoleón del Iluminismo y de los postulados de la revolución francesa sino, además, para apelar a la acción patriótica tras la batalla de Jena que sepultó la estructura de dominación germano-prusiana que aún no se había cristalizado en un Estado. La lectura de Hegel de aquellos acontecimientos es opuesta pues concluye que no se trata de una sencilla derrota sino del despliegue de una nueva época, una “forma” que aún no ha logrado su apogeo aunque ya expresa un futuro posible. El contenido de la historia universal es el despliegue de la consciencia de la libertad. En tanto que el “espíritu universal”, ahora encarnado por un Napoleón a caballo, inaugura una época inédita en su organización social que es necesaria y racional, por tanto verdadera.  Son las figuras o los “individuos históricos” que obran como medios de realización de la idea.
Los grandes individuos en la historia universal son, pues los que aprehenden este contenido universal superior y hacen de él su fin; son los que realizan el fin conforme al concepto superior del espíritu. En este sentido hay que llamarlos héroes. No hallan su fin y su misión en el sistema tranquilo y ordenado, en el curso consagrado de las cosas. Su justificación no está en el estado existente, sino que otra es la fuente de donde la toman, Tómanla del espíritu, del espíritu oculto, que llama a la puerta del presente, del espíritu todavía subterráneo, que no ha llegado aún a la existencia actual y quiere surgir, del espíritu para quién el mundo presente es una cáscara, que encierra distinto meollo del que le corresponde. (…) El fin verdadero es exclusivamente aquél contenido al cuál el espíritu interno se ha elevado mediante su absoluto poder; y los individuos que cuentan en la historia universal son justamente aquellos que no han querido ni realizado una mera figuración u opinión, sino lo justo y lo necesario, y que saben que lo que estaba en el tiempo, lo que era necesario se ha revelado en su interior [2].
Johann Gottlieb Fichte transforma la idea kantiana del clásico derecho de gentes europeo y del proyecto de una confederación de Estados para el continente. El concepto de la guerra evoluciona desde un conflicto entre enemigos hacia una contienda nacional que actualiza el subsuelo, aún visible, de las guerras religiosas de los siglos XVI y XVII. La dispersión y la heterogeneidad de los estados alemanes son sustituidas por una nación idealizada.
Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz (1780-1831), ayudante de campo en la batalla de Jena, y Fichte son hasta cierto punto contemporáneos. Sus preocupaciones no divergen pues la teoría de la guerra implica una educación que recorre las páginas del Discurso a la nación alemana. El tratado De la guerra escrito entre 1816 y 1830, publicado póstumamente en 1833, analiza la táctica, la estrategia y la filosofía de los conflictos armados.  Uno de sus capítulos se titula “La Nación en Armas”. Uno de sus lejanos discípulos, Wilhelm Leopold Colmar Freiherr von der Golz (1843-1916), que alcanzó importante influencia en el Grupo de Oficiales Unidos de la revolución de 1943 en la Argentina, publicó en 1883 La Nación en Armas o más exactamente El Pueblo en Armas. Una nación debe apelar a todos sus recursos humanos, económicos e ideológicos si desea evitar una derrota, más aún, siempre debe estar en condiciones de atacar a sus enemigos. Este nacionalismo no es ajeno a la antigua prédica de Fichte, tan lejana de la unificación alemana, que también expone un programa para contribuir a la formación de un ejército esforzado y dispuesto a los mayores sacrificios en defensa de su identidad.
Hasta ahora la mayor parte de los ingresos del Estado se habían empleado en el mantenimiento de ejércitos regulares; ya hemos visto el resultado de la utilización de estos ingresos; es suficiente; penetrar más profundamente en las causas específicas de este resultado a partir de la organización de tales ejércitos no entra dentro de nuestros planes. Por el contrario, el estado que implante en su territorio la educación nacional propuesta por nosotros, no necesitará ningún ejército especial, sino que a partir del momento en que una generación juvenil se haya formado en ella, tendrá en ellos un ejército como no se ha visto nunca. Cada individuo estará perfectamente entrenado para cualquier posible utilización de su fuerza corporal y soportar todo tipo de esfuerzo y fatiga; su espíritu formado en la intuición directa le asistirá siempre; en su ánimo vivirá el amor al todo del cual es miembro, al Estado y a la patria, amor que anulará cualquier otro sentimiento egoísta. El Estado podrá llamarlos y ponerlos en pie de guerra siempre que quiera y pueda estar seguro de que ningún enemigo los derrotará. (…) Mediante nuestra educación, el Estado recibe una población trabajadora acostumbrada desde su juventud a reflexionar sobre sus asuntos, y que tiene capacidad e inclinación a valerse por sí misma; y si además el Estado sabe ayudarles en forma conveniente le entenderán a la más mínima insinuación y aceptarán agradecidos su enseñanza. Todos los sectores de la economía alcanzarán en corto espacio de tiempo y sin gran esfuerzo una prosperidad como jamás se ha visto antes…. [3]
Thomas Carlyle (1795-1881), historiador y ensayista influenciado por Fichte respecto de la relación entre lo real y su apariencia sensible, publicó en 1837 una Historia de la Revolución Francesa en tres volúmenes: La Bastilla, La Constitución y La Guillotina. A la par de las clases populares aparece el líder que orienta las tensiones de la sociedad. Se trata de obra conjetural donde domina la literatura por sobre la cuestión a estudiar. Según su traductor, Miguel de Unamuno, Carlyle expresa ideas de extremada pobreza, y nada originales aunque el lenguaje y el estilo literario se adecuan a la tensión que exige la narrativa de la tragedia [4]. En 1841 editó una serie de conferencias donde insistía en la antigua explicación de la historia como tarea de los grandes hombres. La producción social de esa trama colectiva se reducía a los afanes de quiénes por sus condiciones consagraban su liderazgo sobre una sociedad y una época. En On Heroes, Hero-Worship, and the Heroic in History, brinda una tipología hasta cierto punto sintética muy a pesar de los seis relatos que presenta. La diversidad de cada uno de los ejemplos no impide condensar en una misma categoría a los héroes que son iguales en su naturaleza a pesar de las diferencias entre uno y otro tipo. Si bien compara semejanzas y distancias del héroe que surge de la mitología o del pensamiento religioso y los que proceden de la literatura, de las tragedias políticas o de la organización de los Estados, se advierte en el grueso de la obra un análisis que se desliza con más intensidad en dirección de las creencias religiosas. Odín en la cultura escandinava, Mahoma en el mundo musulmán, Martín Lutero entre los protestantes y John Knox por los puritanos. Razona señalando que los dioses remiten a tiempos heroicos mientras que los mediadores del culto, los profetas y reformadores son, a la vez, sacerdotes y guerreros. En la exposición de Carlyle los poetas y literatos expresan otras tantas formas que corporizan a los héroes. En ellos también domina un retorno hacia un pasado que obra como un subsuelo de obligada y permanente referencia de los tiempos sin historia. Dante expresa la sublime representación del espíritu de la cristiandad mientras que Shakespeare trasunta la vida exterior de la Europa moderna cuándo desaparecía la caballería y otras prácticas y modos de obrar la reemplazaban. Uno y otro autor poseen una semiología de la luz, un obligado contraste entre el profundo fuego interno del mundo que abriga la Divina Comedia y la vida práctica de la modernidad, esa existencia exterior que también desciende de la edad media. El contraste entre el mundo interno tan solo alumbrado y el externo iluminado por el Sol ilustran una metáfora del cambio social. La idea de una antigua aunque presente “Alma Heroica” ofrece la oportunidad de una afirmación que subyace en el culto a los “grandes hombres”: lo espiritual determina lo material. El Héroe expresa con sus actos y palabras la verdad y lo eterno que se oculta a quiénes reparan en lo trivial y temporal. A menudo sufrieron la derrota o el fracaso de sus esfuerzos viviendo en “amargas circunstancias, luchando bajo montañas de obstáculos”. Sea el crítico literario Samuel Johnson, el “¡Ultimus Romanorum¡”, según el homenaje de Carlyle, el poeta escocés Robert Burns o Jean-Jacques Rousseau. La última forma del heroísmo que condensa y amplia a las anteriores corresponde a un arquetipo, el “Hombre Capaz”. En los períodos de rebelión cuándo la monarquía declina y es abolida resurgen nuevamente los tiempos remotos y los últimos grandes hombres, Cromwell o Napoleón, contribuyen a sepultar la realeza para reestablecerla y concluir, así, consigo mismos y su propia época. La aspiración por descubrir en un pasado legendario la primera filiación del héroe remite a una mitología y cuerpo de creencias que explican las cuestiones básicas del relato. La obra de Carlyle sintetiza una estrategia, aquélla dónde la historia es un conjunto de biografías. A la vez expresa, no sólo por su desdén hacia la democracia o sus elogios de la sociedad feudal, una continuidad con la expansión de las interpretaciones liberal conservadoras y del empirismo político iniciadas por Edmund Burke en 1790 con Reflexiones sobre la Revolución Francesa.
La saga de Manuel Dorrego: confinado, desterrado, fusilado
La fundación del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego no es un homenaje al antiguo gobernador federal de Buenos Aires si se recuerda que su intervención colaboró para frustrar el proyecto de la empresa Minning Association, fundada en Londres en 1824, avalada por la banca inglesa Hullet para explotar minas en la Argentina, entre ellas el Cerro de Famatina en La Rioja, de acuerdo con la autorización del gobernador Martín Rodríguez y su ministro Rivadavia, presidente del directorio de esa compañía. Los conflictos de hoy día originados en los proyectos de la empresa canadiense Osisko, amparada por el gobierno provincial, expresan una coyuntura histórica opuesta a la defensa del patrimonio del subsuelo y la preservación del medio ambiente en la Argentina. Facundo Quiroga no permitió la explotación que precipitó la quiebra de la compañía a pesar de la ley nacional de febrero de 1826 por la cuál las minas son declaradas propiedad nacional.
Manuel Dorrego publicó en 1827 la correspondencia del presidente Rivadavia con la Banca Hullet revelando los intereses personales con los aquél había actuado. Hacia el segundo semestre de ese mismo año, en ocasión de la demanda de la Minning para recuperar sus gastos, denuncia el engaño y la especulación de unos y otros. Casi dos siglos más tarde, durante el fin de año 2012, los pobladores de Famatina no han cejado en sus protestas impidiendo el paso de maquinaria pesada de la empresa canadiense Osisko interesada en explotar la región del Cerro. Ocupan una posición estratégica que impide el acceso a la región montañosa. En tanto la compañía Barrick Gold [5], cuya casa central se encuentra en Toronto, inició su explotación en Chile en 1994 hasta penetrar, en territorio de la Argentina, instalando la mina Pascua-Lama a 4000 metros en la provincia de San Juan para extraer oro, plata y plomo [6].
Entre otros objetivos, la idea del Instituto es “reivindicar a Manuel Dorrego y a quiénes sostuvieron en los países iberoamericanos una posición nacional, popular, federal y americanista, frente al embate liberal y extranjerizante de adversarios e intereses que pretendieron relegarlos en la memoria colectiva” (Tiempo Argentino, 11 diciembre 2011). Caramba… ¿acaso se trata de la presencia de un double bind donde un mensaje es negado por su opuesto? ¿O la megaminería no es un modelo extranjerizante de los recursos naturales y del futuro de los ecosistemas? El doble vínculo carece de solución pues se trata de un dilema aunque, a la vez, funciona como una excelente forma de control en tanto funda una confusión. “¡Sé espontáneo! Es una orden”. Gregory Bateson y su equipo introducen este concepto en ocasión de sus investigaciones sobre la esquizofrenia. Habían asistido durante períodos extensos a veteranos de la Segunda Guerra Mundial postraumáticos en los que detectaban confusiones en la expresión de su pensamiento. La epopeya antiliberal y nacional no se condice con su enunciado en sentido estricto pues se trata de una paradoja en tanto afirmación que parece verdadera pero es falsa. Hic Rodhus, hic salta.
Otra de las cuestiones a tratar por el Instituto se refiere a la reivindicación del protagonismo de los sectores populares y la participación femenina, superando el criterio que los “grandes hombres” deciden los hechos e investigando, al mismo tiempo, la vida y la obra de personalidades y acontecimientos históricos que carecen de un reconocimiento adecuado en medios académicos y revisando el sentido que les adjudicó la “historia oficial” de los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX.  Una vez más el rechazo de la explicación de la historia por acción de los héroes se precipita en ella. Si se apela a la exposición biográfica el listado promete ser extenso: Artigas, Quiroga, Dorrego, Bolívar, Rosas y “demás caudillos, tachados de autoritarios, por movilizar a la plebe inculta y resistir la apertura de estas regiones a los capitales “civilizadores” (Tiempo Argentino, ídem). La simple enumeración indica que la teoría de la historia subyacente a estas propuestas no escapa al culto de la personalidad que ya se había expresado con la historiografía liberal y con la Academia Nacional de la Historia que ha sido su fiel continuadora. Hoy, el tiempo ha consumido el relato de esos héroes de bronce imaginados por Mitre que continuará a resguardo de la crítica pues al médico psiquiatra ungido director del Instituto no le interesa desarrollar la crítica de esa singular historiografía. El discurso oficial rebela una particular cosmovisión a la hora de intentar afirmarse en una Teogonía, un origen y un nacimiento, desde dónde recrear la unidad de lo múltiple y lo diverso y contribuir a la confusión recreando presuntas tendencias evolutivas. Si el laberinto de Mayo-Caseros, ensayado por los criminales de una población abierta en el Buenos Aires de 1955 y los fusileros de 1956, es un absurdo otro tanto ocurre con el pragmatismo político de un ex-presidente desterrado que adopta a Rosas y los caudillos federales. Ambas genealogías distan de ser consistente. Si apelamos a la historia de largo período habrá que subrayar que las categorías que permiten analizar el pasado no son homogéneas entre sí por cuánto se refieren a sociedades y estructuras económicas heterogéneas.
La vida aparente no es un sinónimo de “la vida histórica”. La respuesta de un sector de historiadores que, desde 1984 se erigieron en jueces y censores de la docencia e investigación, traduce la propia imagen de sí mismos. Se reconocen en el espejo. Las consecuencias teóricas de ésa afirmación escapan a estas notas. Su reciente manifiesto que ensalza las propias virtudes y condena la ignorancia ajena reproduce la antigua práctica de denigrar al “otro” para constituirse como individuo o grupo. No se oculta la visible despoblación que se advierte en las filas de esa declaración, una evidencia de las fracturas y luchas por nuevos liderazgos. En tren de evitar equívocos es necesario acudir al ejercicio de la memoria social para observar cómo una lógica de grupo, conformada desde los centros privados sostenidos por el financiamiento internacional durante la última dictadura, se parió a sí misma en la condición de árbitro de las agencias de ciencia y técnica que les permitió concentrar recursos para ampliar una clientela que accedió con éxito a becas, concursos, ingresos a la carrera de investigador científico o a los doctorados. Esta política de exclusión obligó a emigrar a legiones de investigadores a otras Escuelas/Departamentos de historia, ya sea, como docentes o aspirantes a un postgrado. El juicio que susciten las condiciones éticas e intelectuales de los miembros de esta corporación no oculta una identidad que se define mucho más por el grado en que accedieron y explotaron condiciones institucionales favorables en los primeros años de la transición institucional de la Argentina y se mantuvieron cómo comisarios políticos de la historiografía. Esta conclusión impone una lectura de la política científica mucho más profunda e indica, por lo menos, un proceso de democratización fracturado y desfavorable a la igualdad y la equidad. Roland Barthes ha señalado la diferencia que opone la Carta (de nobleza) a la Cifra (de fortuna), el pergamino al registro, el índice al signo. La invención de los linajes, de las virtudes individuales o de grupo, una activa incursión por el espacio público, el elogio del sí mismos subrayando distancias y diferencias, el interés por sostener jerarquías, la vanidad traducida en propaganda de las virtudes y la falsa autoconciencia de estos grupos sociales, alimentaron una arbitrariedad que ha sido rechazada en forma constante, aún en condiciones políticas muy débiles de quiénes no comulgaban con estas prácticas académicas. La defensa de los honores, de las posiciones de prestigio y de las propiedades carece de límites: desnuda el rechazo a la equivalencia. Tal vez por ello, la existencia académica colectiva no formó un campo intelectual en sentido estricto y hoy, tal como se desprende de estas curiosas declaraciones, las denigraciones y los oportunismos revelan un estilo de los debates que, a pesar de ello, no impiden la producción y circulación de cuestiones sensibles tanto a la historia como a la teoría pues la crítica responsable no es un sinónimo de la descalificación sino, por el contrario, la condición propia del conocimiento.

Notas:
[1] “(E)l discurso histórico de Tucídides, al tender a una demostración explícita, va a esforzarse, por el contrario, en mantener determinaciones exactas y asegurar la inteligibilidad del devenir por el uso de determinados conceptos reuniendo en ellos de una manera clara los caracteres más generales de la acción histórica”. Châtelet, François. El nacimiento de la historia. México. Siglo XXI. 1978, p. 137.
[2] Hegel, Georg Wilhelm F. Lecciones sobre la filosofía de la historia universal (I). Barcelona. Ediciones Altaya. [1928]1997, pp. 91-92. Traducción y advertencia José Gaos. Prólogo: José Ortega y Gasset. Primera edición Revista de Occidente según la versión alemana organizada por G. Lasson sobre el manuscrito original de Hegel de 1830 y de varios cuadernos de apuntes de alumnos de diversos años. Esta otra edición realizada por Carlos, hijo de Hegel, en 1840 y reproducida en 1907 por Fritz Brünstad ha sido traducida al castellano como Filosofía de la Historia. Barcelona. Ediciones Zeuz. 1970. Preámbulo de D. José María Quintana.
[3] Fichte, Johann Gottlieb. Discurso a la nación alemana. Barcelona. Ediciones Altaza. 1998, pp. 192-193.
[4] Robles, Laureano. “Unamuno traductor de Th. Carlyle”. Revista de Filosofía. 1995. Nº 10, p. 19.
[5] La exploración minera se remonta a 1977 cuando geólogos de Compañía Minera San José, filial de St. Joe Minerals, recolectaron muestras geoquímicas de la superficie y llevaron a cabo mediciones geofísicas. La compañía australiana Bond Gold International adquirió CMSJ a fines del año 1987. Dos años después, Bond Gold Internacional y sus activos en Chile fueron adquiridos por la compañía canadiense LAC Minerals Ltd. El programa de exploraciones continuó y en 1993 LAC comenzó estudios de línea de base ambiental y de factibilidad. En 1994, Barrick adquirió los activos de LAC. Era un yacimiento pequeño, con menos de 2 millones de onzas de oro y confinado al territorio chileno. En la década de 1990, la empresa continuó con las exploraciones, extendiéndolo a territorio argentino y aumentando las reservas hasta que, a fines de la década, llegó a ser uno de los proyectos de oro más grandes del mundo. Se le llamó Pascua-Lama para reconocer su carácter binacional. El Tratado de Integración y Complementación Minera fue ratificado por los gobiernos de Argentina y Chile el año 2000, lo que facilitó el desarrollo de la minería a través de la frontera. En 2001 las autoridades chilenas aprobaron el Estudio de Impacto Ambiental (EIA) que presentó la empresa Barrick, pero debido a condiciones externas la iniciativa se postergó hasta 2004, cuando se retomó la idea de desarrollarla. El nuevo Estudio de Impacto Ambiental fue aprobado en Chile a mediados de febrero de 2006, de acuerdo con la Resolución de Calificación Ambiental (RCA) 024/2006; mientras que el Informe de Impacto Ambiental (IIA) en Argentina se aprobó el 5 de diciembre de 2006. http://www.barricksudamerica.com/proyectos/pascua-lama_informacion.php
[6] En el 2011, la directora de Políticas de Greenpeace, Eugenia Testa, fue detenida por la policía sanjuanina por participar del corte al acceso de las minas Veladero y Pascua Lama, en ocasión de exigir la plena aplicación de la Ley de Glaciares, demorada por el gobierno nacional a causa de medidas cautelares presentadas por la compañía minera. El arresto de Testa fue ordenado por el Juzgado de la Segunda Circunscripción de Jacha, por “infracción al artículo 194 del Código Penal que pena el entorpecimiento del transporte público”. Además, la policía de San Juan intimó a los restantes activistas a desalojar la ruta.

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