El intelectual “crítico” como el más útil al poder (Borón dixit) (por Alberto Arias)

Para ahorrarnos falsos debates, discusiones engorrosas pero inútiles, dimes y diretes, a menudo basta con leer atentamente lo que escriben los intelectuales funcionales al poder capitalista. Ante confesiones de parte como las escritas por el propio Atilio Borón, tan transparentes, nos alegramos por el hallazgo. Así nos ahorra, a todos, tiempo y trabajo.
¿Para qué sirve un intelectual?, se pregunta Borón.
En carta pública a otro intelectual pro-K (pro-Kirchner y pro-kapitalista), dice el 22 de julio de 2011 (*):
“De donde surge la pregunta de para qué sirve un intelectual [en la sociedad capitalista] si no es para cuestionar, para obligar a repensar las cosas, para decir que no cuando desde el poder [burgués] le dicen que sí, para ‘pegar el grito’ y dar la voz de alarma [sic] cuando entiende que se están [… es decir, el poder del Estado capitalista está] adoptando decisiones equivocadas, o con insuficiente información [sic], o sin una adecuada fundamentación [sic]. En general los gobernantes [burgueses] no soportan este tipo de intelectuales; prefieren a los primeros, simples escribas del poder, o a los segundos, entretenidos en sus pequeñas rencillas; los críticos, siendo los más útiles [sic] [al poder burgués], son molestos porque siempre traen malas noticias y arrojan sombras de dudas y de pesimismo sobre sus planes [, los planes de los gobernantes]. Prefieren [estos gobernantes, estos administradores del poder capitalista] escuchar a los que se someten a las urgencias del poder y dicen siempre que sí, que vamos bien, que el rumbo es correcto, que hay que ‘profundizar el modelo’ aunque para sus adentros piensen de otro modo. Por eso la cruzada antiintelectual gana tantos adeptos…”. [Los agregados entre corchetes son míos, pero el fragmento original no ha sido recortado y está completo. El resto de las opiniones de A. Borón puede verse en la nota enlazada aquí al pie.]
Más claro, agua. ¡Hasta la apelación, por parte de Borón, de la metáfora del tero, que para confundir pega el grito en un lado pero cuida los huevos que están en otro lado, ilustra la sagrada funcionalidad del intelectual “crítico” del poder de la clase dominante!
Resumiendo: la función de los intelectuales “críticos”, que son “los más útiles”, es la de dar la voz de alarma (“¡pegar el grito!”) al gobierno capitalista para que los asuntos del poder se hagan bien y funcionen.
Atilio Borón reclama de ese modo sin tapujos el reconocimiento del poder capitalista. Eleva su queja, como diciendo: Nosotros, los intelectuales críticos, los intelectuales funcionales, siendo los más útiles, los que alertamos que las cosas se están haciendo mal, somos menos reconocidos que los meros escribas antiintelectuales…
Sólo queda agregar dos cosas:
1) Que lamentamos mucho que para su atavío rojillo Atilio Borón esté últimamente pretendiendo usar la figura de la revolucionaria Rosa Luxemburg (volveremos sobre este asunto), además de la consabida de Lenin;
2) Que en una sola cosa estamos de acuerdo con él: es verdad que son los intelectuales que él llama “críticos” (entre quienes él mismo se incluye), reconocidos o no, los más funcionales, los más útiles al poder capitalista, mucho más que tanto escriba sin alcurnia de “izquierda” ni bagaje “crítico”, bien o mal pagado.
(7 de enero de 2012)
Nota:
(*) Las afirmaciones de A. Borón pueden leerse en una carta abierta dirigida a Horacio González: http://www.principioesperanza.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1271:atilio-boron-y-horacio-gonzalez-dialogo-epistolar-sobre-el-qascoq&catid=106:agenda&Itemid=487

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0 respuestas a El intelectual “crítico” como el más útil al poder (Borón dixit) (por Alberto Arias)

  1. Juan dijo:

    Todo un ejemplo de interpretación dialéctica del poder, del Estado y de los gobiernos, ¿no?

  2. La función de “escritor público”, al menos como se define en el siglo XIX para especificar lo que hoy entendemos como “intelectual” difiere mucho de la que ejercen los titulados en Academias y Universidades, se ejerce en los hechos y no es efecto de una autoproclamación como la que habilita al dentista a llamarse dentista o al obrero a llamarse obrero. Si algún sentido tiene asegurar la continuidad de la función intelectual en los términos en los que se postula está siendo ejercida mediante asociaciones que no aspiran a obtener respaldos públicos, fuera de los que los pares se conceden casi por inercia “de incumbencias profesionales” pero no por los actos que instituyen socialmente como condición indispensable esa función o identidad, hay un equívoco de base: no puedo considerarme diputado o senador si no he obtenido el derecho a serlo por las vías que otorgan la respresentatividad que presumo ejercer. No se trata de meros formulismos o protocolos sino de comprender que nadie tiene prerrogativas legítimas para entrar en el juego social si no entra en el juego social de manera real. Este recurso asociativo entre pares más bien sigue las normas de logias masónicas o clubes de fútbol. Creo que lo que digo se puede ejemplificar con un dato histórico: son los que entonces podrían haberse llamado “intelectuales” (porque de hecho ni siquiera había otros) los que hacen esas distinciones fundamentales. Más allá de lo que piensen y de sus opciones políticas, la cosa es que José Mármol define bien la tradición del escritor público y lo mismo hacen los jóvenes montevideanos cuando, al tiempo que anuncian en un periódico público la noticia de la fundación de la Universidad de la República, con toda naturalidad delegan “en los políticos, los historiadores y los poetas” la tarea de publicistas: “dejemos que ellos canten su heroísmo y su gloria; nosotros como pobres escritores literarios más propiamente como estudiantes, tomaremos la parte que nos toca, ocupándonos únicamente del impulso que ha recibido la enseñanza” gracias, también lo aclaran, al largo asedio y sitio de Montevideo, que hizo progresar la enseñanza “ya por su duraciòn, ya por los hombres ilustres que en él han aparecido o ya por los acontecimientos estraordinarios que han tenido lugar”. Hoy por hoy, irónicamente, los historiadores se ven invitados por las autoridades en nombre de la ciencia, a cumplir con deberes de la especialización que los historiadores conocen mejor que quienes los prescriben. Sin duda, esas personas se operarán con cirujanos y no con albañiles. Es curioso que no consulten a quienes precisamente conocen en calidad de expertos el proceso de la formación de opinión pública y la circulación de ideas y conocimientos y que podrían demostrar que los deberes que les exigen cumplir equivalen a obligarlos a acatar dogmas que ni siquiera están legislados por doctrinas sagradas o epistemológicas. Si no podemos asegurar conocimientos y, por el contrario, los tenemos que encerrar allí donde no pueden ser apropiados por nadie, lo que permite a muchos hacer pasar por conocimientos entimemas y delirios totalmente infundados, refutables e irrelevantes, mal podremos ejercer siquiera funciones profesionales en el campo del saber. Mal podemos ser optimistas si el horizonte cercano promete abjuraciones masivas de Galileos en el siglo XXI. Los redactores de La Mariposa, Año I, Número 3, 16 de marzo de 1851 no lograron demasiado ni siquiera en el terreno formativo. El destino de gloria que se le anuncia al pueblo paraguayo que debe agradecer, según se dice con insistencia, que tres naciones de valientes los han defendido del tirano Solano López, son bien patéticas a la luz del futuro que todos conocemos y los paraguayos padecieron de manera tan brutal. Sigue siendo la guerra más cruenta en términos de aniquilación de población masculina activa de la historia. Existe un hecho que parece nunca tenerse en cuenta: jamás fue imprescindible que los partidarios de un partido en el gobierno tuvieran que estar de acuerdo con la totalidad de sus decisiones. Ese hecho tan obvio parece ser impensable hoy en día. La tendencia a la secesión es una gran debilidad intelectual. El capital jamás tiene diferendos tan grandes como para no poder hacer alianzas tácticas y siempre entre sí. Nadie que no se proclame intelectual tiene el menor interés en las actividades de los intelectuales y, con causa, porque hasta ahora, esas actividades no han hecho tan grandes méritos como para adjudicarse la importancia social que entre sí se conceden sus miembros, aunque más no sea para no darse la razón. Mármol citaba al cardenal Richelieu y sigue siendo válida la constatación: “En un pueblo de literatos no habrá jamás una verdad reconocida sino un millón de verdades en discusión”. No puedo dejar de pensar en Mariátegui cuando responde a las exaltadas arengas de sus pares recordándoles que no hace falta tanto énfasis retórico; que al contrario, hace falta imaginación, estrategia y vocación transformadora. Espero haber podido expresar mi punto de vista de la mejor manera posible y transmitiendo mi preocupación. Tal vez sea posible desarrollar y promover una agenda intelectual para participar e invitar a participar a otros en la resolución de temas urgentes y que llevan largo tiempo sin que los intelectuales mejoren lo ya producido hace un siglo. Si Chagas y Maza lograron con instrumentos y conocimientos que ahora son supuestamente más amplios y potentes, describir, por primera vez, el ciclo de una enfermedad infecciosa, que se siga muriendo gente a diario y como mosas en las comunidades donde no hay viviendas y sí muchas vinchucas, debería hacernos pensar en qué se hace mal o no se hace del todo. Saludo cordialmente.
    Claudia Gilman

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