Los dueños de la Historia (por Mariano Schlez, de Razón y Revolución)

La creación del Instituto Dorrego generó un debate que ya lleva un mes y decenas de artículos. Una serie de cuestiones ya han sido suficientemente aclaradas: las debilidades historiográficas del “revisionismo histórico”[1], el travestismo de O’Donell (denunciado incluso desde el propio kirchnerismo, por Norberto Galasso) y la escasa formación histórica de la dirigencia del Instituto Dorrego. En este artículo abordamos lo que consideramos el eje central del debate, y que ha sido esquivado tanto por los defensores del Instituto, como por sus detractores: el nacimiento del Dorrego no modificó quién manda en la historiografía argentina.[2] Un desarrollo cronológico de mediano plazo servirá para ver el problema en perspectiva.

 

Los orígenes de la historiografía “académica”

 

A poco de que Cristina Kirchner decrete la creación del Instituto Dorrego, los “académicos” pusieron el grito en el cielo (en los medios, para ser más exactos): el gobierno totalitario busca imponer una verdad única a través de un instituto doctrinario que irradie su ideología, incluso hasta la escuela. Pero su acusación se aplica, en realidad, a ellos mismos. Son ellos, no otros, los que desde 1983 detentan los principales resortes del Estado para la producción de conocimiento y divulgación. Son quienes deciden los planes de estudio de las carreras de historia en el país. Son los que juzgan quién debe investigar y quién no y qué proyecto es válido. Son los verdaderos dueños de la historia estatal. Son parte del Estado y reproducen la historia de la clase a la que pertenecen.

Formados en el exilio, con la vuelta a la democracia, el alfonsinismo les dio cátedras, institutos de investigación y puestos de decisión en el CONICET. En su momento, usaron todo ese instrumental para eliminar del pasado la lucha de clases, en función de proponer un modelo socialdemócrata. En particular, la teoría de los dos demonios. Borraron de un plumazo a la revolución de la historia. La Revolución de Mayo fue un episodio menor, ante un vacío de autoridades producto de un fenómeno que vino “desde afuera”. La construcción de la hegemonía burguesa en el siglo XIX fue reemplazada por los problemas sobre la “legitimidad”. Se esforzaron por demostrar que todos éramos “ciudadanos” y no obreros: los “sectores populares” reemplazaron a las “clases”. La “desigualdad” tomó el lugar de la “explotación” y las “elites” el de la “clase dominante”. Todo un canto a la democracia burguesa.

En 1989, acompañaron el clima ideológico menemista. Aunque se reservaron sus opiniones políticas (más cercanas al radicalismo), suscribieron sin chistar el credo posmoderno: ahora no existía la realidad, sino sólo “discursos”. La historia era una torsión de algo llamado “concepto”. Ya no intentaban darle letra al sueño socialdemócrata, sino de sentenciar “el fin de la historia”. Convirtieron a la ciencia en literatura, donde el conocimiento pasó a ser un “relato”.
Los revisionistas y el Termidor de 2003
Sin embargo, el Argentinazo no vino solo. La conciencia de las masas requería otro tipo de historia, menos escéptica y sosa, más cruda y que mirara de frente los grandes problemas. Haciéndose eco de ese proceso, el kirchnerismo se dio la tarea de construir una cultura K, que tuvo su fundamento en una “revisión” de la Historia Argentina. Felipe Pigna y Norberto Galasso fueron los principales artífices de esta reconstrucción. El éxito editorial del primero es la mayor expresión de este fenómeno. Su trabajo deja mucho que desear: se limitan a repetir textos viejos y eluden la discusión con los académicos. Los nuevos revisionistas, en realidad, copian varias de las conclusiones de los académicos, a quienes llaman “mitristas”, siendo que en la academia Mitre es una palabra prohibida. Es decir, ni siquiera pueden caracterizar seriamente a sus adversarios.

Su trabajo tiende a dar una batalla para contener el giro hacia la izquierda de la población en los marcos del reformismo. La miniserie Algo Habrán Hecho, aunque reivindicó el hecho revolucionario, lo moldeó a la medida de las necesidades del capital, intentando canalizar la disposición a la lucha de las masas bajo la dirección del gobierno. Los festejos del Bicentenario dejaron relucir el programa del revisionismo K: finalmente el pueblo ya tiene el poder en sus manos.

Con todo, estos intelectuales han tenido una alta llegada a las masas, lo que les valió la envidia de sus rivales. No obstante, nunca han salido de su lugar marginal en términos de la estructura estatal. Ninguno accedió a puestos institucionales con capacidad de sanción intelectual de peso. Algo de eso se empezó a gestar en las universidades del conurbano (La Matanza, Lanús), pero sus presupuestos y matrícula son ínfimos si los comparamos con las grandes universidades manejadas por los académicos (Buenos Aires, La Plata, Córdoba, Rosario, Salta, Tucumán, entre otras). Eso sí, reproducen en pequeña escala, todos los vicios de sus rivales. Su verdadero afán es amontonar puestos. Algunos de estos personajes son verdaderos reciclados del menemismo, como Pacho O´Donnell. Que un ministro de cultura de los ’90 quiera dar batalla a la historia liberal hace al asunto poco menos que ridículo.

Dos tácticas de una misma estrategia

Este año, para disimular un poco su giro a la derecha, Cristina cedió frente al reclamo de sus propagandistas: tener una especie de “academia” propia. Así nace el Instituto Revisionista “Manuel Dorrego”. Frente al ajuste en marcha, el kirchnerismo les asegura a sus historiadores un nicho académico que les permitiría disputar (incipientemente) los recursos al CONICET de la “historia oficial”.

Frente a esto reaccionaron, de una manera desmedida, los “académicos profesionales”. Con la resonancia acostumbrada que le dan sus pasquines, Sarlo, Romero, Sábato (y una larga lista de firmas), dijeron lo suyo. Los apoyaron intelectuales amigos, como Mariano Grondona, el ex ministro de educación de la Alianza Juan José Llach y el profesor devenido en escritor estrella, Eduardo Sacheri.

Armaron una defensa tan irreal como la historia que hacen: se plantaron como libertarios frente a un supuesto avance estatal contra historiadores “independientes”. Olvidan quiénes son y quién se los permite. Omiten explicar algunos datos elementales. En primer lugar, lo que ya hemos dicho: ellos mismos son militantes de un programa político y constructores de una ideología afín a su propuesta. En segundo, que viven de los recursos del Estado desde hace treinta años, utilizándolos para difundir, por todos los medios posibles, su (política) visión del mundo. Tercero, ellos son los primeros censores de todo lo que no cuadre con su perspectiva. Durante años, se han dedicado a difamar y perseguir al marxismo. Por último, ellos mismos viven del kirchnerismo, CONICET, las universidades, sus documentales en Canal Encuentro (Gabriel Di Meglio está a cargo de los contenidos históricos) y sus libros de divulgación editados por Capital Intelectual. Aunque la mayoría se enrolen en las filas de la oposición (Binner o Carrió), buena parte ya adscribe al kirchnerismo más o menos solapadamente.

Naturalmente, también el revisionismo K tiene su recorte seisieteochesco de la realidad. Como Cristina no puede presentar como un hito revolucionario crear un instituto para sus amigos[3], elije simular un nuevo combate contra otra “corpo”. Hace gestos por izquierda, y disimula que sostiene la discriminación política a los historiadores de izquierda en el CONICET. Pero, en el Dorrego, todos fueron nombrados a dedo. Ninguno pasó ningún concurso. Tampoco se le ha dado trabajo a los miles de investigadores que forma año a año el país (ni parece que lo vaya a hacer). Sin esta medida elemental, el Instituto no tendrá nada que envidiarle a la inquisición académica. En vez de levantar la voz, unos y otros deberían, ante todo, dejar de perseguir científicos, abandonar los nombramientos a dedo, dejar de ser partícipes de los ajustes presupuestarios y asegurar condiciones dignas para los investigadores, entre las cosas más elementales.

 

El eje de nuestra crítica

 

La izquierda también tomó posición frente al debate del Dorrego. Los cuatro textos publicados centran sus esfuerzos en criticar al Instituto revisionista.[4] Aunque uno de ellos incorpora la crítica a los historiadores “académicos”, el eje del trabajo no difiere del resto: el kirchnerismo busca convertir al revisionismo en la “nueva historia oficial”. Conclusión que no es del todo errada, pero esconde un aspecto sustantivo del asunto: los dueños de la Historia siguen siendo los mismos desde 1983, y el gobierno no tiene la intención de modificar esto. No es cierto que se enfrente a la academia. Varios de los llamados “modernos” han apoyado al gobierno en su política en CONICET, empezando por Halperín Donghi y Jorge Gelman.

El enorme aparato de producción y enseñanza sigue manejado por los mismos que patalean por la creación del minúsculo Instituto Dorrego. Quejas que tienen más que ver con la intención de salir en los medios que con la disposición a una batalla a muerte. Protestan porque no quieren compartir (sienten que se lo han ganado en más de cuarenta años de lucha) su función con arribistas mediocres, cuando ellos son los verdaderos dueños de la historia oficial. Sin embargo, están más que agradecidos a este gobierno. Tal como dice Tulio Halperín Donghi:

 

“Alfonsín hizo sentir sólo limitadamente sus efectos debido en parte a la creciente penuria económica […], en el de Menem esa buena voluntad no existió en absoluto y cuando ella retornó bajo la Alianza de nuevo la penuria la tornó irrelevante, desde 2003 el fortalecimiento del sector ciencia e investigación se constituyó en un objetivo permanente del gobierno nacional y gracias a ello también los historiadores tienen hoy acceso a ingresos que por primera vez les alcanzan para vivir sin duda modestamente en un marco que, también por primera vez, les permite mirar al futuro con una confianza que no habían conocido desde que tienen memoria”.[5]

 

Tampoco es cierto que lo que divida a “profesionales” y “revisionistas” sea una actitud diferente para con la divulgación y su compromiso con una causa política. Los “académicos” no sólo hicieron todo lo posible por salir de sus claustros, sino que también han sido soldados de un proyecto político concreto. Ya lo hemos dicho, pero insistimos. Desde 1983, han invadido los principales campos de formación de conciencia: los institutos científicos y la escuela. Es decir, crearon ideología y se preocuparon por difundirla a través de la herramienta más poderosa que posee el Estado capitalista para apoderarse de la mente de los trabajadores. Allí están como prueba el Congreso Pedagógico, las decenas de proyectos de investigación y los cientos de artículos que buscaron “adecuar” los contenidos de la escuela a la nueva “democracia” radical, desalojando los viejos “autoritarismos” (de izquierda y derecha). Su afán divulgador no terminó allí: en los ’90 fueron por los Contenidos Básicos Comunes (redactados, entre otros, por Luis Alberto Romero) y se dedicaron a escribir manuales de historia a diestra y siniestra, al calor de la Ley Federal de Educación, de la que también fueron activos partícipes. Tampoco debemos olvidar que, a fines de los ’90, los principales académicos participaron de la Nueva Historia Visual de la Argentina, editada por Clarín en fascículos, y que llegó a millones de personas y a miles de escuelas. Ya en el nuevo siglo (celosos de Pigna, hay que reconocerlo), quisieron encabezar los rankings de libros más leídos, y empezaron a escribir (por lo menos a intentarlo) divulgación histórica a través de colecciones que editaron Sudamericana, Siglo XXI y las principales editoriales de la Argentina. Pero no tuvieron suerte y su repercusión fue mínima. Todo esto, sin mencionar sus habituales columnas en La Nación.

 

Nuestra Tarea
Tenemos un solo enemigo: la historiografía burguesa. No se trata de un monstruo de dos cabezas. A la bestia le ha surgido, a lo sumo, un nuevo brazo, que sirve para adaptar su cuerpo a las circunstancias. Este nuevo elemento, que cristaliza con el nombre de Instituto Dorrego, no se diferencia, en lo esencial, del cuerpo que le precede: es completamente incapaz de producir ciencia, dado que nace con el objetivo de seguir reproduciendo, de una manera más eficiente, la ideología burguesa.

No debemos caer en ninguna de sus tentaciones. En primer lugar, debemos diferenciarnos de su método. Somos materialistas, lo que nos obliga a estudiar pormenorizadamente los procesos históricos. No podemos hacer una historia de “citas”. Ninguna “autoridad” prueba nada por sí misma. La historia no es una verdad que tenemos en la cabeza previamente, en completa ausencia de una aproximación a la realidad. Lo que hace falta no es reivindicar a tal o cual autor, sino una historia científica. O, lo que es lo mismo, una historia marxista.

La realidad existe y podemos conocerla. Es un acuerdo que no podemos poner en cuestión apelando a los peores conceptos que nos legaron los académicos: la historia es literatura, todos son “relatos”.[6] Nosotros no buscamos construir “otro relato”, sino hacer ciencia.[7] O, lo que es lo mismo, apelar al marxismo para explicar la historia.


[1]Flores, Juan y Rossi, Santiago: “El camino del maestro”, en El Aromo, Diciembre de 2011.

[2]Este artículo es una versión corregida del publicado en la edición de diciembre de El Aromo, titulado “Canción de dos hijos”.

[3]El ex radical y ex menemista, Pacho O’Donnell; el director de Tiempo Argentino, Roberto Caballero; el de Miradas al Sur, Eduardo Anguita; el Gerente Jurídico del INCAA, Francisco Pestanha; el Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia; el presidente de la Comisión Bicentenario, Ernesto Jauretche; el periodista Hernán Brienza o el multifacético Aníbal Fernández.

[4]Véase el artículo de Cecilia Feijoo y Alicia Rojo: “El revisionismo histórico como ideología gubernamental”, en La Verdad Obrera, N° 455, 1/12/2011; el de Paula Schaller: “El neo revisionismo K: viejas ideas para nuevos tiempos políticos”, en http://www.ips.org.ar/?p=4415; el de Federico Molinari: “El Instituto Dorrego y el cuento de la ‘distribución de la palabra’”, en El Socialista, N° 211, 14/12/2011 y el de Hernán Camarero y Lucas Poy: “Revisionismo devaluado. La última impostura kirchnerista”, en Prensa Obrera, N° 1207, 22/12/2011.

[5]Reportaje a Tulio Halperín Donghi, en La Maga, N° 3, Diciembre de 2011.

[6]Véase, de Christian Castillo: “Elementos para un “cuarto relato” sobre el proceso revolucionario de los ’70 y la dictadura militar”, en Lucha de Clases, N° 4, Noviembre de 2004

[7]Una crítica a los “relatos” en Sanz Cerbino, Gonzalo: “Durmiendo con el enemigo. Acerca de lso balances historiográficos del PTS”, en El Aromo, N° 21, Julio de 2005.

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