El Instituto Dorrego y el cuento de la “distribución de la palabra” (por Natalia Boca, Federico Sena y Federico Novofoti, militantes de Izquierda Socialista)

El 21 de noviembre pasado fue publicado el decreto 1880/11, en el cual la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ordenó la creación del Instituto Nacional del Revisionismo Histórico “Manuel Dorrego”. El mismo será presidido por Mario “Pacho” O’ Donell, quien fuera Secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, en época alfonsinista, y Secretario de Cultura de la Nación, durante el gobierno de Menem. El ahora kirchnerista O’ Donell contará con la colaboración de una comisión de notables en la que participan desde Felipe Pigna hasta el ex Jefe de Gabinete y ahora senador, Aníbal Fernández.

El decreto establece como finalidad del Instituto “estudiar, investigar y difundir la vida y la obra de personalidades y circunstancias destacadas de nuestra historia que no han recibido el reconocimiento adecuado en un ámbito institucional de carácter académico”.

No es de extrañar, pues, que las primeras voces que se alzaron contra el mentado Instituto provinieran del ámbito académico. Historiadores como Luis. A Romero, Hilda Sábato, Juan Suriano y Mirta Lobato, entre otros, salieron al cruce al ver cuestionado su lugar en los claustros. Entre sus críticas, apuntaron al desconocimiento que evidencia tal sentencia respecto del actual desarrollo del “saber científico” en ámbitos académicos tales como las universidades nacionales y el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas).

Junto a este debate existe otro que merece ser profundizado. A pocos días de la creación del Instituto, el 10 de diciembre, en su discurso de reasunción, Cristina se refirió a “las tres aperturas” que había hecho su gobierno, entre las que destacó la “distribución de la palabra” y la “distribución del conocimiento”. El Instituto es defendido por los voceros del gobierno, en el mismo sentido que la presidenta, como un eslabón más en la cadena de la distribución de la palabra y el conocimiento. ¿Es cierta esta aseveración? ¿Contribuye la creación del Instituto Dorrego a “distribuir” la palabra y el conocimiento? ¿Cuál es la política científica del gobierno?

En el presente artículo abordaremos ambos debates.

I

El “Revisionismo Histórico”, corriente historiográfica en la cual se inscribe el nuevo Instituto, surgió en la década del ’30 como reacción a lo que se denominaba “Historia Oficial” o “Liberal”; aquella que se producía desde la Academia Nacional de Historia. En el contexto de crisis capitalista nacional e internacional, el Revisionismo nació como grupo político-intelectual que se proponía buscar en el pasado la explicación del fracaso del modelo de país que había estructurado la dirigencia argentina desde fines del Siglo XIX. El dirigente trotskista argentino, Nahuel Moreno, definió al Revisionismo Histórico como “el representante de un sector en decadencia de las clases dominantes”; los hijos de la oligarquía desplazada de sus privilegios de exportación que apelaron “a un nacionalismo trasnochado y reaccionario, refugiándose en las tinieblas de la Historia”. (Moreno, 1975, p.60) Entre sus fundadores se destacaron los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta y José María Rosa. La primera obra significativa de la corriente Revisionista fue La Argentina y el imperialismo británico, de los hermanos Irazusta, publicada en 1934, la cual es una severa condena al Pacto Roca-Runciman, que había sometido a la Argentina a ser el sexto Dominio del Imperio Británico. Los hermanos Irazusta y Rosa crearon el Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” en 1938, desde donde editaron una revista, que se publicó sólo los primeros años, y abrieron locales para su difusión.

Esta evolución fue interrumpida por el ascenso al gobierno de Juan Domingo Perón. La irrupción del peronismo renovó al Revisionismo en menor medida de lo que, al calor de los debates actuales, estaríamos inclinados a creer. El Instituto Rosas adoptó, más bien, una postura expectante, que evidenció la diversidad político-ideológica de sus integrantes. Una vez derrocado el gobierno de Perón, con el inicio de la llamada “resistencia peronista”, el Revisionismo se renovó. El triunfo de la Revolución Cubana contribuyó, asimismo, a esa renovación. El ascenso de las luchas de la clase trabajadora y el pueblo en nuestro país y Latinoamérica provocaron el surgimiento de un profundo sentimiento antiimperialista que tuvo su impacto dentro del Revisionismo. José María Rosa acompañó el surgimiento del nuevo Revisionismo que tuvo entre sus exponentes a Rodolfo Puiggróss, Rodolfo Ortega Peña y Luis Duhalde, del peronismo de base, y Abelardo Ramos, de la izquierda nacional. El Revisionismo en su variante de “izquierda” utilizó algunas categorías del marxismo para el análisis de la Historia, manteniendo su esencia nacionalista.

Por otra parte, las divergencias del grupo fundador se patentizaron en la ruptura definitiva, cuando Julio Irazusta abandonó el Instituto Rosas, para incorporarse a la Academia Nacional de Historia, hecho que el historiador intentó presentar como el triunfo del Revisionismo sobre la Historia Liberal.

En la década del `70, antes del inicio de la Dictadura, el Instituto cerró sus puertas. Recién en los `90, en medio del vendaval neoliberal, el gobierno de Carlos Menem, mediante sendos decretos (26/07 y 940/97), refundó el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” y fueron repatriados los restos del Restaurador de las Leyes.

II

El 20 de noviembre de 2011, la presidenta Cristina Kirchner encabezó el acto que conmemora la batalla de la “Vuelta de Obligado”, día instaurado como de la soberanía nacional. Allí señaló que Rosas y la batalla son “el gran hecho olvidado por la Historia”. Palabras que recuerdan a las del decreto: “personalidades y circunstancias destacadas de nuestra historia que no han recibido el reconocimiento adecuado”.

Sin embargo, esto no es así. En especial respecto a la figura de Rosas, la cual ha suscitado innumerables debates desde Sarmiento en su Civilización o Barbarie de 1845, donde lo ubica como un caudillo que frenó el desarrollo progresivo en el país, asociándolo a una época oscura de dictadura y barbarie. Los Revisionistas, por su parte, apelaron a un “rosismo visceral”. En sus variados y a veces contradictorios trabajos, Rosas representó alternativamente un caudillo popular con autoridad para colocarse por encima de la lucha de clases, un nacionalista antiimperialista, un federal consecuente, entre otras cualidades.

En realidad, Rosas era el representante de los terratenientes saladeristas exportadores de la provincia de Buenos Aires. Por tanto, defendía el libre comercio, en particular con Inglaterra, que hundía la producción del interior. Como los unitarios, por pertenecer a Buenos Aires, defendía el control porteño sobre la Aduana. Esto lo convirtió en el representante de la fracción más reaccionaria de los federales, lejos de los variados mitos revisionistas.

La batalla de la “Vuelta de Obligado” de 1845, en la cual se enfrentó a la flota anglofrancesa definitivamente puede ser señalada como un acto antiimperialista. Sin embargo, este suceso se explica dentro de la defensa de los intereses de los saladeros, por el interés de control de Buenos Aires sobre los ríos interiores, y no por un pretendido nacionalismo. A esto hay que sumarle el acto de sumisión en el que había terminado, unos años antes, en 1841, entregando las Islas Malvinas a los ingleses a cambio de que éstos dejaran sin efecto el pago de un préstamo pendiente.

Rosas cristalizó el desarrollo capitalista en Buenos Aires y, en ese sentido, fue progresivo frente a los intereses de la burguesía comercial y financiera. Pero en tanto el proceso fue monopolizado por la oligarquía saladerista se tornó contradictorio y, con el transcurso de los años, negativo, porque impidió que otras provincias se elevaran al plano de la producción capitalista. Con Rosas se consumó la organización política y económica capitalista desigual del conjunto de la nación.

Los revisionistas, como lo demuestra el caso de Rosas, se limitaron a cambiar el signo que los liberales habían puesto a sus próceres, ensalzando las figuras de Dorrego, Rosas, Artigas y otros. Sin embargo, esta operación mantuvo la lógica de la Historia Liberal; esto es, estudiar el pasado histórico a través de grandes personajes, sin atender a los intereses de clase a los cuales irremediablemente están atados. En algunos casos, mantener el esquema arrastró a los autores revisionistas a falsear sencillamente la realidad histórica.

III

El decreto 1880/11 señala la necesidad de establecer un ámbito “acorde a las rigurosas exigencias del saber científico”; y, como era de esperar, identifica tales exigencias con “la investigación y divulgación de la historia revisionista”.

La “base científica” del Revisionismo ha sido expresada recientemente por Ana Jaramillo, integrante de la Comisión Directiva del nuevo Instituto, estableciendo que el vector de la Historia es, “como  explicó el gran filósofo e historiador Benedetto Croce, que no existen leyes universales en la historia y que toda historia es contemporánea”. La referencia a Croce no es caprichosa, puesto que el filósofo e historiador italiano ha sido un importante referente teórico del Revisionismo Histórico. Cabe recordar que Croce en su vasta obra, en tanto guía ideológico del liberalismo italiano durante el periodo de la Gran Guerra y tras la Revolución de 1917, se había propuesto “revisar” la historia con el objetivo de liquidar nada menos que… al materialismo histórico; promoviendo, por su parte, una “historia ético-política” que, al parecer, los neocrocianos autóctonos, ahora pretenden emular.

Sin embargo, nuestros crocianos padecen el hecho de que su profundidad teórica resulta ser inversamente proporcional a su vuelo poético: “dejamos -continúa Jaramillo- que cada uno tome como materia de historia lo que se vincule con sus propios intereses y dé a la narración el tono que responda al pathos de su alma”. (Jaramillo, 2011) Como hemos visto en el estudio de Rosas, esos “propios intereses” han llevado al Revisionismo a falsear la historia, alejándose del más mínimo rigor científico, en algunos casos de forma grosera.

En franca oposición, se impone profundizar los estudios de una Historia Científica, con un método marxista. Al análisis histórico no le es dado negar los estudios revolucionarios de Carlos Marx. “La primera premisa de toda historia humana es, naturalmente, la existencia de individuos humanos vivientes”. (Marx, 1845, p.19) Desde esa definición tan básica como profunda, Marx supo descubrir otras leyes elementales y, por tanto, universales, para el estudio de las sociedades humanas y su devenir. El estudio de la relación de la sociedad humana con la naturaleza, a través de técnicas y herramientas determinadas, es decir, las fuerzas productivas y su devenir, el desarrollo de las fuerzas productivas; el estudio de las clases de las que participan individuos determinados por las relaciones de propiedad, sus relaciones y luchas; el estudio de las instituciones, ideologías, el arte, la ciencia y otras creaciones de la sociedad humana; este es sólo el comienzo para abordar el análisis científico de cualquier sociedad y encontrar las leyes de su devenir.

La historia Argentina no escapa, mal que le pese a los revisionistas, a estas leyes, como hemos intentado ejemplificar en el caso emblemático del estudio de Rosas. Así, por ejemplo, desde una perspectiva científica marxista, no debemos criticar a Rosas por tal o cual actitud ante ingleses o franceses, en tanto es posible encontrar, de manera alternativa, situaciones en las que cumplió un papel progresivo y regresivo, respecto a los imperialistas. Como señala Moreno, “lo criticamos por su política de conjunto y lo hacemos en forma contradictoria, dialéctica” (Moreno, 1975, p.60); esto es, en tanto representante destacado de la burguesía saladerista bonaerense que sentó las bases para el desarrolló capitalista desigual en nuestro país.

La Historia Científica de nuestro país es un terreno que merece ser más explorado. Lamentablemente, quienes dominan la historiografía académica, los llamados “historiadores profesionales”, pese a las importantes contribuciones que han hecho con sus estudios, rechazan el método marxista y ordenaron sus investigaciones en la búsqueda de aquello que garantizaría la dominación democrática de la burguesía, la construcción de la “ciudadanía” y “la cuestión social”.

IV

Llegados a este punto, es preciso abordar una discusión que excede los límites del debate científico. ¿Es posible considerar la creación del Instituto Dorrego como parte de una política de “distribución de la palabra”, una suerte de democratización de los mecanismos para la divulgación de las producciones científicas?

Resulta interesante señalar que varios de los actuales neorevisionistas no han necesitado, en el pasado, de gobierno alguno para alcanzar importantes niveles de ascendencia entre franjas relativamente amplias de la población. Tal es así que diversos autores los han definido como “divulgadores”, en algunos casos colocando una carga negativa al término. De cualquier manera, el negocio editorial ha seguido alimentándolos con recursos y publicidad. Esta afirmación, por nuestra parte, no intenta negar que sus plumas han sabido captar interés por propios méritos. Ya hemos advertido que su valor científico debe ser apreciado por autor y por escrito, dado el eclectisismo del Revisionismo como corriente historiográfica.

Es evidente, de cualquier manera, que los neorevisionistas tienen una influencia mucho más amplia en la población que la que poseen los actuales referentes académicos o “historiadores profesionales”. Por tanto, la última creación institucional del gobierno no constituye ninguna democratización de los mecanismos para la divulgación científica, sino, más bien, tiende al apuntalamiento de quienes hoy dominan en ese terreno.

V

Un aspecto fundamental de la campaña electoral del gobierno fue la reivindicación de su política científica, que tuvo su mojón más importante en la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva a fines de 2007, el cual desarrolló el mega emprendimiento Tecnópolis y promovió la repatriación de 400 científicos.

Pero, ¿cuál es la política hacia la ciencia y tecnología del gobierno? Y, ¿de qué manera se inscribe la creación del Instituto Dorrego en dicha política? ¿Es un avance en la “distribución del conocimiento”, una especie de democratización del acceso a la investigación científica?

Para abordar el tema basta sólo con notar el contraste, de un lado, de la realidad presupuestaria actual de las universidades nacionales, cuyo presupuesto proyectado se reducirá en $2.007 millones en el año 2012 (de $19.960 millones, que figuraban en el Presupuesto 2011, que nunca fue votado, a $17.953 millones); y, del otro, la decisión de “dotar al Instituto en cuestión de los recursos materiales necesarios para lograr la óptima concreción de sus objetivos”. El contraste aumenta cuando se informa que “se implementará un sistema de becas, subsidios y premios que favorezcan el desarrollo y profundización de sus tareas” y “un aliciente económico para los ganadores” de los premios del Instituto; mientras los gremios y organizaciones que defienden a los trabajadores científicos del CONICET (ATE, AGD, JCP) informan que, año tras año, se expulsan de sus instancias superiores a… ¡1.000 becarios! Esta es la fuente natural del exilio de los investigadores científicos del país, lo que dimensiona el valor real de la repatriación de tan sólo 400 de ellos en 4 años. A esta situación se agrega la reducción del 4% en el total de becas otorgadas este año (correspondiente a 1.600 becarios), también denunciada por los gremios.

Lo antes señalado evidencia el recorte presupuestario real en ciencia y tecnología, y que la parte del presupuesto que se aumenta se orienta más a emprendimientos de propaganda oficial, tales como Tecnópolis, que a una real investigación científica. En el terreno de la investigación, el ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, se ha cansado de aclarar que su cartera está al servicio de “crear riqueza, en el sentido de crear empresas”, de establecer una “vinculación entre investigadores y las empresas existentes”. Es decir, ciencia y tecnología puestas al servicio de los negocios empresarios, no al servicio de los trabajadores y el pueblo.

La “distribución del conocimiento” es, después de todo, el desarrollo de la propaganda oficial y el intento de someter la ciencia y técnica a los negocios empresarios. La creación del Instituto Dorrego se inscribe en dicha concepción gubernamental. Se trata de producir propaganda de gobierno vestida con el ropaje de la “historia”. Para ello se echó mano del Revisionismo, convertido ahora en “historia oficial”. Con el Instituto, el gobierno pretende ejercer también un dominio directo sobre ámbitos académicos. Es emblemático, en este sentido, mencionar el caso del Dr. Fabián Harari, historiador expulsado del CONICET. El dictamen que le negó la posibilidad de seguir la carrera de investigador reconocía el valor científico de sus investigaciones pero, a la vez, consideraba negativo su “tono excesivamente polémico y militante”. La expulsión de becarios del CONICET, en este caso por cuestiones ideológicas, es la otra cara de la moneda de la creación del Instituto Dorrego. ¿O acaso el Instituto Dorrego albergará al Dr. Harari y las decenas de Licenciados y Doctores en Historia que el CONICET expulsa todos los años, respetando sus líneas y métodos de investigación? La respuesta es, no.

VI

El conjunto de la política hacia la ciencia y tecnología que promueve el gobierno debe ser enérgicamente rechazada. En ese marco objetamos la creación del Instituto Dorrego. Exigimos al gobierno un mayor presupuesto para Ciencia y Técnica, para las universidades nacionales y el CONICET, con el objetivo de que ningún investigador quede fuera del sistema. Exigimos, asimismo, una discusión democrática y una formulación pública de las prioridades temáticas y los criterios geográficos a mediano y largo plazo para el otorgamiento de becas y subsidios de investigación de acuerdo a las verdaderas necesidades del pueblo trabajador, evitando arbitrariedades y garantizando la continuidad laboral de todos aquellos que cumplen apropiadamente con su trabajo académico. Los marxistas revolucionarios promovemos, a diferencia del gobierno, el debate científico abierto, sin extorsiones de ningún tipo, en cual defenderemos nuestro método marxista y un desarrollo científico crítico al servicio de los trabajadores y el pueblo. De esta manera, hacemos propio el programa de los gremios y agrupaciones de investigadores antes mencionados, y nos solidarizarnos con ellos, en momentos en que se encuentran luchando.

29 de diciembre de 2011

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