Arte, crisis y socialismo (por Diego Bruno, del Partido Obrero)

Un producto histórico

 

Cuando hablamos de creación artística entendemos a ésta, no como la plasmación de formas puras y autosuficientes, al estilo de la escuela formalista (o de la tradición liberal), sino como un producto condicionado por un determinado proceso de desarrollo histórico y social. El arte no puede ser un elemento etéreo que se alimenta a sí mismo, porque no hay un concepto trascendental o ahistórico del arte. Con los cambios sociales cambia también el concepto de arte. En este sentido señala Adorno que el arte se determina por su relación con aquello que no es arte.[1] Nihil ex nihilo, como entendían en la antigua Grecia, porque nada surge de la nada sino que todo se modifica y se recrea a partir de lo ya existente. Ahora bien, en sí mismo este condicionamiento social e histórico del arte, como de toda otra actividad humana, no elimina su carácter esencialmente creativo, porque si bien el hombre no puede sino encontrar el material para su creación artística en el medio social en el que vive, al transformar un objeto y darle una nueva forma, al imprimirle su propio sello, su rasgo particular , está creando. En este sentido toda creación auténtica se convierte en un objeto artístico. Esta concepción  creativa, autónoma, de la obra de arte, en donde se expresan libremente las ideas, habilidades y  sentimientos más profundos del artista, se ha robustecido, sin duda, con la emancipación histórica del sujeto y la conciencia burguesa de libertad. Asimismo el arte se ha destacado por su capacidad para transformarse, cambiar, mutar y revolucionarse constantemente, ya sea en sus técnicas como en las formas en que se manifiesta. Por eso, la obra artística no es cualquier producción humana: la creación artística es una negación, una alteración, una deformación, una transformación de la realidad según las leyes particulares del arte.

 

Rebelión y regimentación del arte

 

Teniendo en cuenta su propio concepto es natural que la actividad creadora por excelencia no pueda soportar ningún tipo de regimentación y/o condicionamiento si quiere ser fiel a sí misma. Sin embargo, así como el capitalismo ha transformado la fuerza de trabajo en una mercancía, en donde lo personal de la creación no interesa, sino lo impersonal (la mercancía), medido por el rasero del precio, del valor. Así como el obrero no puede ser un artista como obrero porque el mismo ha sido reducido a una mercancía, entonces, de la misma manera un artista no puede ser una artista plenamente  porque le es cada vez más difícil y tortuoso subsistir sin ser cooptado por las leyes del mercado. En el mundo capitalista el mercado todo lo impregna y hoy más que nunca, en un contexto de crisis sistémica, incluso las actividades más espirituales y creativas, como el arte, no pueden mantenerse al margen de los dictámenes del capital. El gran mercado artístico funciona hoy como un disciplinador de la libertad creativa dirigiéndola y condicionándola según las necesidades del negocio capitalista.

Esta regimentación de toda la actividad creativa humana que impone la sociedad de clases ha llevado a que una de las características particulares del arte sea presentarse también como una crítica de lo existente. Y es justamente la esencial exigencia de autonomía lo que va a determinar al arte como elemento crítico de la sociedad contemporánea. Trotsky señala que desde el punto de vista general el hombre expresa en el arte la exigencia de armonía y de plenitud de la existencia, es decir, de los bienes más preciosos que le niega la sociedad de clases. Por ello toda obra de arte auténtica implica una protesta contra la realidad, protesta consciente o inconsciente, activa o pasiva, optimista o pesimista. Este manifestarse como crítica de lo establecido es también un aspecto del carácter social e histórico del arte. En este sentido es notorio el impulso que han dado al surgimiento de nuevas concepciones artísticas momentos históricos caracterizados por el ascenso de nuevas clases sociales, revolucionarias, enfrentadas con el statu quo y la tradición, y que representan una nueva perspectiva de desarrollo económico social y cultural. Anteriormente hablábamos de cómo había influenciado la instauración de la sociedad burguesa en la concepción del arte libre y autónomo, pero también de la capacidad de ésta para regimentarlo a través del mercado.

Durante el siglo xx fueron innumerables las corrientes artísticas que se identificaron con la crítica de lo establecido. Un ejemplo de ello fue el llamado arte de vanguardia, el cual nace como una de las expresiones más contestatarias frente a la Primera Guerra Mundial. Desde un principio, el arte vanguardista adquirió una impronta provocadora contra lo antiguo, lo naturalista o lo que se relacionara con el arte burgués. Todas las primeras manifestaciones de estos vanguardismos estaban repletas de actos y gestos de impacto social, como expresión de un profundo rechazo a la llamada cultura burguesa. La Primera Guerra, como expresión del afán imperialista y del profundo fracaso de esa burguesía por conseguir la paz, será el período en que, junto a actitudes diversas de rechazo a la guerra, afloren todas estas manifestaciones artísticas extraordinarias con una versatilidad y agilidad desconocidas hasta entonces. Los llamados ismos se sucederán uno tras otro. No parece casual que el surgimiento de los vanguardismos artísticos y literarios esté relacionado íntimamente con el periodo de mayor intensidad social, ideológica, en definitiva histórica, del siglo XX: el periodo que va desde la Primera guerra del 14 al inicio de la Segunda en 1939. Este es el momento también de la primera revolución obrera triunfante de la historia. Hay que señalar aquí que la revolución bolchevique había llevado a las artes a una edad de oro. Dentro del criterio de ayuda a la revolución se originaron innumerables escuelas estéticas, cada una de las cuales buscaba expresar de manera entusiasta la energía de la revolución a través del arte. Entre 1919 y 1920 nunca había habido tantos teatros y experimentos en la poesía y en la pintura.[2]  La revolución como acto liberador de las fuerzas sociales había dado un impulso renovador sin precedentes a toda la superestructura heredada del viejo régimen, de la cual el arte también era parte.

Esta subversión de lo establecido, consciente o inconsciente, que implica la obra de arte auténtica y que se manifiesta también bajo la forma de nuevas concepciones artísticas,  toma impulso, dijimos, con el cimbronazo en la estructura social que produce el ascenso de nuevas fuerzas sociales y con la reorganización que éstas producen en la sociedad toda, en función de los nuevos intereses materiales y espirituales que representan. Sin embargo, cuando estos intereses no son los del conjunto de la sociedad sino los de una minoría que detenta el poder político y económico, es natural que la regimentación social, necesaria para la reproducción de una sociedad de clases, condicione y se presente como límite para la creación libre. En este sentido, la burguesía se ha caracterizado por su capacidad para saber combinar la presión y la exhortación, el boicot y los halagos para lograr disciplinar y asimilar cada movimiento artístico “rebelde”, ya sea a través del mercado o cooptándolo y llevándolo al nivel del reconocimiento oficial. Lo que significaba también el comienzo de la agonía de tal movimiento.

Algo no muy distinto sucedió con el llamado “realismo socialista” en los estados obreros burocratizados. Sus regímenes, tomando nota de este carácter crítico de lo social que implica la creación artística, consideraron que la auténtica obra de arte era aquella que tomara explícitamente partido por el socialismo. De esta manera la actividad creativa quedaba supeditada al rol de propaganda política del régimen. El resultado de esto fue que en la medida en que el artista avanzaba en esa dirección, lo hacía en detrimento de lo propiamente artístico. Es decir, al subordinar el arte a la política, el artista se niega a sí mismo, porque la actividad creativa incondicionada se deja de lado para someterse a la dinámica propia de la lucha política. Sin embargo, como señalaba Adorno[3], es dudoso que las obras de arte tengan eficacia política; si así sucede alguna vez, se trata en general de algo periférico, y si pretenden tal eficacia suelen quedarse por debajo de su propio concepto. En definitiva, por más bella y revolucionaria que pueda ser una pintura u obra literaria, éstas nunca podrán reemplazar a la barricada y al fusil. La crítica marxista al condicionamiento del arte que imponía la política estalinista del realismo socialista, también fue señalada tempranamente por Trotsky:

“La concepción marxista del condicionamiento social objetivo del arte y de su utilidad social no significa en lo absoluto cuando se habla en términos políticos un deseo de dominación del arte por medio de órdenes y decretos. Es falso decir que para nosotros sólo es nuevo y revolucionario el arte que habla del obrero, y es absurdo pretender que nosotros exigimos a los poetas que describan exclusivamente las chimeneas de una fábrica o una insurrección contra el capital. Por supuesto que el arte nuevo no puede por menos de conceder una atención primordial a la lucha del proletariado. Pero el arado del arte nuevo no está limitado a unos cuantos surcos numerados; al contrario, debe arar todo el terreno y en todas las direcciones.”[4]

Crisis del arte y crisis del capital

Señalábamos antes que la relación del arte y de la burguesía había sido, sino feliz, al menos compatible en la época del pleno ascenso de la sociedad burguesa. Por esto decimos que el carácter social del arte radica en que el impulso, bajo la forma de nuevas formas artísticas, viene dado por la economía, por medio del desarrollo de una nueva clase, y en menor medida, por un cambio en la situación de una misma clase al crecer su riqueza y su potencia cultural. Pero actualmente la sociedad burguesa, como producto de una crisis histórica y terminal que azota a su economía, se encuentra en una fase de descomposición y declive que provoca un agravamiento insoportable de las contradicciones sociales e individuales. Esta situación no puede no afectar de manera negativa al arte y a la cultura en general. Es decir, el capitalismo decadente se muestra hoy incapaz de ofrecer las condiciones mínimas para el desarrollo de la cultura y de nuevas corrientes artísticas. Esto es así porque, por un lado, los Estados abocados al rescate desesperado de los grandes bancos y empresas en bancarrota, llevan adelante este salvataje a partir de un ajuste sin precedentes, a costa del desfinanciamiento de los presupuestos dedicados a la cultura, la educación, la salud y el gasto social en general. La consecuencia inmediata de esto es la precarización de las condiciones de vida de millones de trabajadores a lo largo del mundo, haciendo así de la actividad cultural y el goce espiritual que esta implica el privilegio de unos pocos.[5]

Por otro lado, este desmantelamiento de la financiación estatal da lugar a un terreno propicio para el avance de la privatización y lucro capitalista de la cultura. La crisis de sobreproducción agudiza la presión de los monopolios capitalistas de toda laya para regimentar y transformar en lucrativas actividades que, producto de conquistas sociales históricas o por haber podido desarrollarse de manera independiente (cultura alternativa, under, etc), se habían mantenido relativamente al margen de la lógica mercantil.

 

De “República Cromañón” a la “República nac &pop”

 

Un hecho que no puede obviarse y que trágicamente ilustra la barbarie a la que el capital puede someter a la cultura es la masacre de República Cromañón. La intensificación de la explotación, la flexibilización laboral, la precarización de las condiciones de trabajo, y el ataque a las conquistas más elementales de los trabajadores, fueron  pilares fundamentales del capitalismo argentino de las últimas décadas. Esto no podía sino afectar también a los artistas y trabajadores de la cultura. Cromañón revelo de la manera más brutal la complicidad entre el Estado y los empresarios del espectáculo en la superexplotación y precarización laboral de los artistas, para salvar el negocio capitalista a cualquier precio. Luego de la desidia y la corrupción que permitieron la habilitación del recital sobrevino la clausura de boliches y centros culturales independientes aduciendo ahora razones de “seguridad”, lo que en realidad  sirvió de pretexto para concentrar el negocio del espectáculo en un puñado de empresarios, mientras miles de artistas quedaban sin trabajo. Es decir, Cromañón no solo fue la expresión más cruel de la crisis en que se ha sumido la cultura en nuestro país en los últimos años, sino que también precipitó la “resolución” capitalista de esta crisis cultural. La cual, en medio de la más grave bancarrota del capitalismo argentino, no podía sino apoyarse en las muletas del aparato estatal.

La reactivación económica producida a partir de 2003 durante el gobierno kirchnerista facilitó las cosas para la asociación de sectores gubernamentales con los grandes empresarios artísticos nacionales (y no tan nacionales). Este interés por fomentar el negocio cultural, a través de la publicidad y el sponsoreo estatal, estuvo vinculado desde un inicio a un negocio capitalista más vasto como el del turismo, el juego y la especulación inmobiliaria. Pero la bancarrota y la rebelión popular de 2001 no solo plantearon para la burguesía la necesidad de normalizar las relaciones mercantiles, sino también reconstituir la autoridad política del Estado y de los partidos tradicionales, que había sido puestos en cuestión con el “que se vayan todos”. Asumiendo esta tarea como propia, el gobierno kirchnerista se dio el objetivo de utilizar el salvataje económico para monopolizar la actividad artística, cultural y comunicacional, y ponerla al servicio de la cooptación política, la propaganda progubernamental y la adhesión ideológica a un régimen capitalista autodenominado  ahora como “nacional y popular”. Lo insólito de todo esto es que este nuevo entrelazamiento entre gobierno y empresarios , sumado una verborragia de tipo nacionalista como forma discusiva legitimante de este proceso es presentado hoy por un conjunto de intelectuales oficialistas, y otros no tan oficialistas, como una nueva “contrucción cultural”.

Sin embargo, ninguna nueva construcción cultural puede surgir cuando está atada al rescate y negocio de un conjunto de empresarios vinculados al poder gubernamental. En primer lugar porque, como en el caso de la producción artística, la actividad cultural tiene que partir de los propios artistas, no puede estar dirigida ni por el mercado ni por el Estado. Tiene que ser una iniciativa del creador en función de los propios intereses. La “construcción nac&pop” ha demostrado, y no solo en el terreno artístico, que quienes no adhieren a los lineamientos del proyecto gubernamental, rápidamente son marginados de todo financiamiento y promoción de sus actividades. En segundo lugar ¿cómo podemos hablar de una nueva construcción cultural cuando las bases sociales del régimen que se desmoronó en 2001 siguen intactas? Cuando la actividad cultural está en función del lucro capitalista lo que se impone es el avance de la privatización y el vaciamiento del espacio cultural público. Y como sucede en toda otra actividad mercantil los que predominan son siempre los grandes monopolios internacionales. La burguesía nacional fue absolutamente incapaz de desarrollar una industria cultural propia, o lo que fuere, independiente del capital internacional. Esto se ve por ejemplo en el cine y en el hecho de que la promoción cultural esté asociada, como señalamos antes, a una de las ramas más importantes del comercio mundial como lo es el turismo[6]. En este sentido las posibilidades de trabajo y de “creación” siguen atadas a los vaivenes de la oferta y la demanda del mercado, ya que la intervención estatal está en función de recrear esa misma lógica que ha entrado en crisis. Este mismo fenómeno de rescate al capital es algo que hoy se puede apreciar a escala global y es la característica fundamental del actual momento histórico. El Estado burgués  saca a relucir todo su despotismo para salvar sus intereses de clase y es por esto que la llamada “construcción cultural nac&pop” implica, en realidad, una doble regimentación de la actividad cultural porque al condicionamiento que impone el propio mercado le suma ahora un mayor control y digitación por parte del Estado, desvirtuando aún más su contenido creativo y libre.

 

Los artistas y la lucha por el socialismo

 

Dado el carácter orgánico que presenta la crisis de la sociedad burguesa es evidente que el arte no pude mantenerse al margen, “ni salvarse solo por los propios medios del arte”. Cuando es toda una organización social la que está en bancarrota la pregunta que cabe hacerse es si “la creación artística, la actividad cultural, la vocación tienen perspectiva en este marco de crisis capitalista o tienen perspectiva en el marco de la derrota del capitalismo en esta crisis”[7]. De esta manera el problema alcanza un carácter totalmente revolucionario, porque la lucha para que existan las condiciones materiales para que todas las expresiones artísticas y culturales puedan expresarse sin importar su estilo, género, contenido o ideología, se liga a una lucha más general contra un régimen social opresivo y alienante, que niega las posibilidades humanas de una actividad libre y creativa. Se trata entonces de que los artistas, como el conjunto de los trabajadores puedan organizarse en función de una lucha política anticapitalista, en donde los propios trabajadores de la cultura sean los que decidan las condiciones de su creación. La lucha por el socialismo se inscribe en esta perspectiva y plantea como tarea para las organizaciones revolucionarias la politización en ese sentido de los artistas y trabajadores de la cultura en general. No se trata aquí de politizar las obras arte ni de condicionar sus contenidos porque el objetivo no es transformarnos en la guía de tal o cual tendencia artística o cultural, sino en una tendencia política contra la explotación del arte y la cultura, y por lo tanto, contra el régimen que invoca lo “nacional” para perpetuar una cosa y la otra.

 


[1] Theodor Adorno, Teoría estética, ed. Taurus, Madrid, 1971, p. 12.

[2] www.wsws.org/arts/1998/eisen.html

[3] Theodor Adorno, Teoría estética, pp. 304 , ed . cit.

[4] León Trotsky, Sobre arte y cultura, pp. 89, ed. cit.

[5] “En un mundo de incongruencias que se repite absurdamente, de una barbarie cada vez más extendida, de una omnipresente amenaza de una catástrofe fatal, los fenómenos que no interesan a la conservación de la vida adquieren un aspecto irrisorio.” (Theodore Adorno, op.cit, pp. 318-319.)

[6] Ver Jorge Altamira, “La definición política del Frente de Artistas”.

[7] Ibidem.

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Blog de la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al Frente de Izquierda y de los Trabajadores
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