Apuntes sobre arte y política en la Argentina la última década (2001-2011) (por Demián Paredes)

Este escrito planteará sucintamente algunos elementos que se dieron desde la crisis de 2001, a la actualidad. Un proceso intenso de movilización y luchas que contó con la confluencia, con la participación de artistas, tanto individuales como colectivos, y donde se abrieron una serie de discusiones, a saber: si el arte se podía/debía producir al margen del sistema (o no); discusiones acerca de los contenidos que debía tener; en función de qué o quiénes crear artísticamente, etc.

Luego, haremos referencia a un segundo momento, de 2005 en adelante, donde la intervención del Estado juega un papel preponderante en el “reordenamiento” social, político… y también cultural-artístico. Entonces, este escrito intentará dar cuenta de los vaivenes del arte (de las obras y sus creadores/as) entre la crisis y la “normalidad” burguesa.


 

1. A diferencia de la década del ‘90, donde primó la comercialización a gran escala de un sector (más bien reducido) del arte argentino (“globalizadas” las residencias, bienales y concursos a un nivel mucho mayor al de los ‘80, donde Buenos Aires se sumó también, como sede “del tercer mundo”, al “nuevo itinerario” de las bienales artísticas), el posmodernismo, el “relativismo cultural” y muy pocas manifestaciones críticas[1], el 2001 significó el inicio de un nuevo tiempo (y ritmos) para el arte: la crisis económica, social, política y estatal (una “crisis orgánica”, al decir de Gramsci) brindaron la posibilidad, en el marco de las fuertes movilizaciones sociales, de que el arte se generalizara (y hasta se “fusionara” con la vida –porque la manifestación social tuvo a su vez ingenio e inventiva para expresarse y luchar-) y diera un salto significativo la cantidad de grupos y colectivos artísticos.

Las plazas y parques, las calles y las manifestaciones, las fábricas ocupadas y “recuperadas” por sus trabajadores, los barrios, confluyeron con una cantidad de artistas, grupos y colectivos, “viejos” y nuevos, revitalizándose las formas y contenidos del arte y la cultura en general. Entre los muchos que se podrían nombrar, estuvieron Argentina Arde, el Taller Popular de Serigrafía, Contra-Imagen, Etcétera y el Grupo de Arte Callejero (estos tres últimos ya actuando antes de 2001). Proyectos como el de Indymedia (comunicación alternativa), emprendimientos culturales como los que hicieron los MTD en numerosos barrios, los debates que hubo sobre arte y política en diversos centros culturales y museos (como la mesa redonda “Arte rosa light o arte Rosa Luxemburgo” en el MALBA en 2003), o instancias como la Semana Cultural por Brukman (“Arte y confección”), realizada también en 2003, contra del desalojo de las obreras costureras que habían tomado la fábrica, fueron algunos “hitos” donde los artistas confluyeron con la movilización y la lucha y “activaron” de variadas maneras.

Cabe agregar que, entre las discusiones y perspectivas políticas planteados, estaba el de la “autonomía del arte” y el “compromiso político”; el de enfrentar o no a las corporaciones privadas y al Estado; el de si bastaba (o no) con hacer funcionar “circuitos alternativos” o “paralelos” a los establecidos por el mercado capitalista y los gobiernos, o si se debía apostar a una lucha más profunda. Como veremos abajo, la realidad dio una respuesta a estos debates.

 

 

2. Ya desde 2004 la intensidad de la movilización obrera y popular decreció significativamente –obviamente, los procesos sociales y políticos no son eternos– y, grosso modo, muchos artistas, individual o colectivamente, regresaron a sus atelieres y talleres “privados”, al calor de la “pasivización” (Gramsci) del movimiento social, cuestión que, combinada una recuperación económica, terminó por restablecer alguna clase de autoridad estatal y gubernamental, volviendo la situación política argentina a una suerte de “normalidad” capitalista.

 

 

3. ¿Cuáles son las alternativas, disminuida la movilización social, que tuvieron (y tienen) los artistas entonces? A grandes rasgos, dos: aceptar en algún grado (nuevamente) los vaivenes del mercado capitalista (el dominio de los monopolios privados), o confiar en que el Estado y el gobierno (capitalistas ambos también) los cobije. Y algo de esto último hubo –con clara intencionalidad política-, si tenemos en cuenta el creciente peso del Estado y gobierno en diversas áreas del arte y la cultura de 2005 en adelante, con distintas leyes que beneficiaron (sectorialmente) al arte: subsidios a través del INCAA para producir ficciones y documentales; leyes para los actores (como la que los contempla dentro de los “derechos de autor”); ley para que los escritores puedan cobrar una jubilación, etc. Todas “pequeñas acciones reparadoras” que, siendo progresivas, encubren problemas mayores, estructurales, como la creciente desfinanciación y decadencia de las escuelas, y terciarios de arte, del IUNA, etc.

Es que, a fin de cuentas, los grandes empresarios (dueños de colecciones privadas que exhiben en sus museos –previo pago de entrada- y activos actores en el mercado internacional de compra-venta de obras y… artistas) como así también el actual gobierno y el Estado (que coopta y utiliza por lo general a artistas “progres”, reconocidos y/o populares con el único fin de obtener popularidad con recitales masivos gratuitos) condicionan al arte, manipulándolo a favor de sus fines políticos y/o económicos. Este, un dato de la realidad actual.

Porque la actual administración kirchnerista acuerda en la necesidad de desarrollar la “industria cultural” (eso sí: con perfil nac&pop). Como admite el titular de la Dirección Nacional de Industrias Culturales, Rodolfo Hamawi, “las industrias culturales son un sector económico como cualquier otro, que genera empleo, que compra insumos y maquinaria, que exporta e importa su producción. Y aún más, en la Argentina actual, las industrias culturales son un sector económico relevante, que aporta el 3,5% del PBI, lo cual es equiparable a sectores como el de la energía”[2]. Pese a toda la cháchara, al palabrerío acerca de “batallas culturales”, el gobierno y Estado argentinos conviven tranquila y cómodamente con la extranjerización y comercialización monopólicas… mientras desarrollan sus propios negocios. Como ejemplifica el titular de Cultura, Jorge Coscia, “el Estado es el mayor comprador de libros de la Argentina: compra prácticamente un 20 por ciento de los libros que se venden destinados a distintas instancias. El Estado argentino es un gran estimulador de las industrias editoriales. Claro que el escenario actual es de desnacionalización de la industria editorial[3].

En este marco, ¿será viable la “solución” que propone Andrea Giunta en su muy comentado libro Poscrisis. Arte argentino después de 2001? Dice allí, refiriéndose al área museística por ejemplo: “quedan muchas cuestiones pendientes en relación con los nuevos patrimonios: presupuestos para conservación y mantenimiento, profesionalización del personal, continuidad y movilidad de las colecciones. Estas cuestiones no podrán ser resueltas sosteniendo la separación entre lo público estatal y lo privado. En lugar de la pauperización de lo público y la espectacularización del apoyo privado a eventos que se consumen en el acontecimiento, el desafío radica en pensar una agenda a largo plazo en la que ambas esferas, la estatal y la privada, participen en la gestación de un proyecto común, con un programa y una financiación sostenidos en el tiempo[4]. Es decir que Giunta “triangula” al Estado (siendo para ella una institución sin carácter de clase ni económico; un mero “árbitro neutral”) con los capitalistas privados y con los/as sujetos que hacen arte “desde abajo”. Una especie de fórmula ideal (es decir, imposible), donde “todos pueden ser felices”: desde el artista que crea con su propio esfuerzo y quiere (lógica y sensiblemente) difundir, dar a conocer los más posible sus obras, pasando por el gobierno que está a la cabeza del Estado (y que por supuesto sí tiene intereses económicos y de clase: es decir, políticos) hasta las empresas privadas (que también tienen interés en obtener ganancias y… en preservar el statu quo: es decir, no apoyar, bajo ningún punto de vista, un arte que sea cuestionador, rebelde o subversivo).

 

 

4. Además, los y las artistas y las (sus) obras que no entran aún (o no quieren entrar por alguna decisión o voluntad consciente) en el mainstream, en los circuitos “reconocidos & consagrados”, o en los “actos oficiales” (oficialistas, para ser más preciso), deben funcionar –obligadamente, en un país y un mundo sometido, como ya dijimos, al dominio de los monopolios- a “pequeña escala”. En efecto: teatros y salas, bandas y orquestas, poetas y escritores deben desarrollar su labor “a puro pulmón”, condicionándose así, material y espiritualmente, la creación artística en más de un sentido: uno de los más evidentes es que no puede difundirse ampliamente el arte, al carecer de publicidad masiva, y/o infraestructura y/o, mínimamente, el artista, de los materiales necesarios para desarrollar su trabajo creativo. El “alternativismo” muestra así sus límites; y si el arte confía en el Estado, no será “protegido” del mercado y los empresarios, ni será “impulsado libremente” por el gobierno de turno.

Esta labor, la de los circuitos “alternativos” (teatro off, cooperativas de músicos, pequeñas editoriales “autogestionadas”, “independientes”, etc.) surge, en un sentido positivo, originalmente ya en los ’90, como resistencia al feroz neoliberalismo. Un ejemplo de ello pueden ser las “editoriales independientes”, surgidas del cierre y/o “absorción” por las multinacionales de los grandes e históricos sellos editoriales nativos (Sudamericana, Santillana) y, en un sentido negativo, manteniendo muchas de las reglas condicionantes de las leyes del mercado (es decir, careciendo –en algún grado- de libertad). De fondo, el arte se encuentra ante sus propios límites, que son también los límites mismos del sistema: a) Dominio de los medios de producción (y publicitación) del arte por un puñado de empresas transnacionales, y el gobierno y su Estado; b) Dominio clasista, que somete a millones a la explotación, opresión y alienación; sujetos que podrían (es decir: potencialmente) ser tanto “público consumidor” como “productores” de arte.

Como señalara Trotsky en su Literatura y revolución, el arte entonces no puede superar esta situación “sólo con sus propios medios”: es necesario que intervenga la política.

 

 

5. ¿Qué salida tiene la cultura entonces? Si repasamos brevemente la historia, la revolución social, como sostienen varia(da)s tesis, basadas en la experiencia histórica, va siempre acompañada de una sana “revuelta cultural” –de hecho, algo así pasó, como dijimos al comienzo, pos 2001 en nuestro país-.

Y esto, no sólo ocurrió en la “lejana” Revolución rusa de 1917, sino también en los procesos de la etapa revolucionaria 1968-‘82: allí se “diversificaron” las corrientes artísticas, acompañando la lucha y organización obrera, juvenil y popular. Toda clase de obras, prácticas, discursos y manifiestos emergieron al calor de la lucha anticapitalista, como ocurrió en nuestro país. Desde los “renovadores” o innovadores del Instituto Di Tella, hasta la radicalización y compromiso de quienes hicieron, desde un grupo que rompió con el instituto (junto a algunos rosarinos, como Juan Pablo Renzi), “Tucumán Arde”. Todos/as participaron, cada cual a su manera, de un reverdecer de las prácticas artísticas y críticas, de una explosión creativa y comprometida con y desde el arte, y también con su tiempo[5].

Por ello, un arte auténticamente revolucionario podrá desarrollarse hoy sólo si puede preguntarse, plantearse (y plantarse ante) los grandes problemas de su época, que lo atañen, completamente, en su integridad toda, siendo al mismo tiempo conscientemente fiel a su impulso artístico, creativo. A su oficio y búsqueda interna de la mejor manera de expresarse en y con su obra.

Al calor de la crisis capitalista internacional, ya estamos viendo el emerger de la lucha de masas (desde el Magreb y Medio Oriente, a Grecia y otros países de Europa y Latinoamerica -¡Chile!-). Por ello, es probable que, nuevamente, presenciemos, al calor de la lucha de clases, nuevas rupturas en el arte con la ideología dominante, con la instrumentalización política y económica que lo condiciona y somete, y veamos nuevamente corrientes artísticas, críticas, rupturistas y renovadoras, que acompañarán los procesos de lucha de masas.

Una vez más, surgirán artistas, colectivos y agrupamientos al calor de estos procesos, participando activamente –cosa que, aunque no generalizadamente, ya viene ocurriendo-.

 


[1] Escribía Jorge López Anaya todavía en 1998, en una nota titulada “Más allá del radicalismo político”: “El radicalismo político en el arte argentino surgió cuando se creía que los artistas y los intelectuales tenían un papel político importante que desempeñar. Pero en los años ochenta y noventa, a las oposiciones binarias subyacentes en esos pensamientos, como colonizado/colonizador, se opuso la ‘diferencia’ múltiple y heterogénea. La crítica derrideana a la lógica binaria tuvo sus consecuencias.

Pero, más aún, como señaló Vattimo, en nuestros días las filosofías de la historia que inspiraron los movimientos políticos revolucionarios ya no se sostienen. No han caído por ser ‘objetivamente falsas’ sino porque han desaparecido las condiciones sociales e ideológicas sobre las que se fundaban (…).

Las luchas emancipatorias hoy no van dirigidas hacia la igualdad de derechos sino hacia el derecho a la diferencia de los estilos de vida” (Ritos de fin de siglo. Arte argentino y vanguardia internacional, Bs. As., Emecé, 2003, p. 195).

[4] Poscrisis…, Bs. As., Siglo XXI, 2009, p. 96.

[5] Para más detalle, ver el (variopinto) racconto que hace Anaya en el artículo ya citado del libro (también) ya citado, pp. 187-193.

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Blog de la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al Frente de Izquierda y de los Trabajadores
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